Blog Urbano y de Vanguardia. La Pequeña Balboa, desde las ondas a las letras,
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como la gran lacra de la sociedad, Ley de Dependencia...

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domingo, 8 de abril de 2012

LUJO, LUJURIA, DEMOCRACIA, VELOCIDAD


No se si es porque mi alma anda más sensible de la cuenta, o porque la primavera me afecta, o por vaya usted a saber porque, pero tengo estos días la lágrima y la pena y la indignación y la impotencia más a flor de piel que nunca.

Ayer Sábado de Gloria fue un día especialmente lacrimoso, de esos días que cuando te preguntan si lloras dices que no, que tienes los ojos irritados y por eso lagrimeas.

El inicio de mi pequeña penitencia, fue la visión anual de los Tambores de Calanda, de ese romper el silencio, de ese sentir colectivo que emula el temblor que experimentó la tierra cuando dicen que Jesús, el Cristo expiró, tras encomendar su espíritu a Dios.

Hay pasajes del Nuevo Testamento que siempre recuerdo con especial intensidad. El primero relacionado con la matanza de inocentes que ordenó el Rey Herodes para evitar que aquel del que hablaban las profecías no le quitase el trono cuando fuese un hombre, y que dice “gritos y grandes lamentos se escucharon en Rama. Raquel está llorando a sus hijos y no quiere que la consuelen porque ya no existen”.

El segundo se refiere a la Crucifixión de Jesús el Nazareno, enemigo público de Roma y que tras dejar a su Madre María en buenas manos, y entregar su espíritu a su Padre, expiró. Y fue entonces cuando el cielo se oscureció, la tierra tembló y el velo del templo se rasgó de parte a parte.

En esas andaba yo, recordando el velo del templo rasgado de parte a parte y escuchando como los Tambores de Calanda rompían el silencio, cuando empezó mi momento lacrimoso.

Cuando ya pensaba que me había recuperado un poquito, me encontré de frente con un magnífico documental sobre la Segunda Guerra Mundial y la caída de Bélgica y de Francia ante el poder arrollador del Ejercito Alemán. No puedo con ello. Lo siento. No he vivido esa época. Pero no soporto, no logro superar la sensación de pánico y parálisis que me produce escuchar las sirenas que alertaban a la población civil de peligro de bombardeo. Es como si mi cuerpo y mi mente burlasen la barrera del tiempo y pudiesen estar allí, junto a los que sufrieron aquellos ataques. Y como siempre lo que más me sigue doliendo son los niños y los ancianos. Sus caras, sus cuerpos pequeños y vulnerables, sus caras arrugadas, su mirada perdida en el abismo, sus cuerpos frágiles. El futuro y el pasado hechos añicos, atacado, mutilado, asesinado.

Un poco más tarde le llegó el turno, como si se tratase de un sorteo grotesco, a otro documental en el que escuché las historias más terribles, los llantos más amargos, vi las caras de la derrota, de la desesperación, del dolor, de aquellos que están perdiendo sus hogares porque no pueden satisfacer las cuotas de la hipoteca que acordaron con el banco para disfrutar de la seguridad de un hogar propio.

 Ahora resulta señoras y señores que los constructores confiesan que aunque sabían que no existía tanta demanda en el mercado inmobiliario que justificase la fiebre constructora, lo hicieron igualmente en algunas zonas en las que los edificios creados con el propósito de hacer negocio, son masas fantasmales habitadas por la pesadilla y el silencio,.

Por tanto, en esta confesión leemos entre líneas que no importó el objetivo final, sino alimentar y enriquecer a todos los que participan del proceso de la construcción de edificios, a base de comisiones, regalos, promesas, cifras, de intenciones poco claras y resultados más que conocidos.

Lo peor es que nadie asume su responsabilidad, nadie dice que actuó de forma incorrecta, nadie reconoce que se saltó las normas, que faltó a la ética. Se limitan a decir que no obligaron a los compradores a comprar. Tienen razón. Nadie obligó a nadie a comprar nada, a contratar una hipoteca, a entrar en una sucursal bancaria y ponerse en manos de gente que abusó de su confianza y de sus sueños.

Decía un filósofo que la Docta Ignorancia consistía en reconocer públicamente que habías cometido un error. El mal estaba hecho pero por lo menos aunque fuese de forma simbólica asumías tu responsabilidad.

Nuestra sociedad ha llegado a un punto en que no asume errores, ni responsabilidades. En el que cargamos nuestra culpa en las espaldas más débiles, dejamos a nuestro paso la devastación más terrible y nos trasladamos con nuestro afán devorador a otros pagos. El beneficio que obtenemos será temporal, pero lo disfrutaremos con fruición, con orgullo y con alegría inconsciente. Somos como las plagas bíblicas que arrasan a su paso todo lo que encuentra y solo dejan desolación y amargura.

No hace falta asumir la responsabilidad. Ya pagará otro por nosotros. Al fin y al cabo siempre podremos contar con un resquicio legal por el que colarnos o si en el peor de los casos la ley cae sobre nosotros la condena, el castigo será una broma de mal gusto.

La otra cara de la moneda en el día de ayer fue un reportaje sobre el aumento del mercado del lujo en todo el mundo y en España en particular. El pasado año este sector ganó unos 4.500 millones de Euros tirando por lo bajo. Lo siento pero como soy de letras y siempre he tenido con el dinero la misma relación que con un pariente lejano (sabes que existe pero no le has visto) esta y otras cifras parecidas me marean. Me producen una angustia tan grande, que no puedo respirar o pensar con claridad. Oro, joyas, coches de alta gama, casas, apartamentos, viajes, barcos, yates, amarres de puerto, fiestas, vestuario, complementos…todo vale para hacer notar al mundo que las cosas te van bien, aunque sea a costa de la sangre, el sudor y las lágrimas de otros.

Incluso una conocida diseñadora de complementos confeccionados con piel noble, confesaba que había creado una línea low cost, que ofrecía piezas a partir de 1.000 Euros. Así que comprendí que posiblemente era cierto lo que me había comentado un compañero de profesión acerca de un jugador de futbol.

 Me sentí fatal por haberle dicho que tal vez sus fuentes le engañaban, que no era posible, que luciese en sus ilustres orejas dos pendientes de diamantes negros, que al parecer cuestan una fortuna porque se encuentran en galerías profundas de ciertas minas, tan profundas que los encargados de extraerlos son niños. Tampoco creí que el mismo jugador de futbol presuntamente hubiese comprado un teléfono móvil de oro macizo, con un rubí como botón de inicio y un cargador de batería también de oro macizo.

En estas cuitas andaba cuando en forma breve se informaba de la situación de 14 personas que fueron detenidas el año pasado en Bahrein porque se manifestaron pidiendo un régimen político más democrático. Uno de los encarcelados lleva 59 días en huelga de hambre. Su hija ha sido puesta en libertad en las últimas horas tras ser detenida por protestar por la situación de su padre, acusada de golpear a un funcionario.

Al parecer las protestas de hace un año llevaron a suspender el Gran Premio de Fórmula 1 en ese país. Pero por lo visto el gran gurú de la Formula y los corredores profesionales que participan se plantean celebrarlo este año, porque a todas luces la democracia en el país ha mejorado. Pues mira tú que bien. Que deben ser los mismos, que corren en un circuito construido en el desierto, con iluminación nocturna y que como parece que pasaron un poquito de frío cuando lo estrenaron, el desierto de noche es lo que tiene, pues la organización les dijo que para el año siguiente no habría problema, porque instalarían un sistema de calefacción bajo el trazado.

Y ya rematando el horror esta mañana de Domingo de Resurrección leía que 25 mujeres indonesias que trabajaban como empleadas domésticas en Arabia Saudí, han sido condenadas a muerte y que 22 mujeres más han sido absueltas de sus cargos y expulsadas del país. Por lo visto Indonesia ha enviado una delegación para tratar los asuntos relacionados con estas mujeres y no se si de otros 1700 ciudadanos indonesios que actualmente están en prisión en Arabia Saudí. Creo recordar que es el mismo país que condenó recientemente a una mujer porque en su afán por romper las normas se empeñó en conducir un coche.

Cuando pensaba que concluiría de una forma menos dolorosa el Sábado de Gloria, encontré una cadena de televisión que programó La Vida Es Bella de Roberto Benigni, el antaño considerado payaso y que con esa cinta demostró que la vida no era tan bella. Al parecer Benigni escribió el guion después de escuchar tras muchos años de silencio las experiencias de su padre durante la Segunda Guerra Mundial. Y ahí ya no pude más, y me desbordé. Lo siento. Pero no pude más y lloré.

Porque recordaba las sirenas de Francia, la desesperación de los que perdían sus casas, la falta de escrúpulos de los que nos han vendido, la exaltación del lujo y la lujuria, vi a los niños que trabajan en las minas para que otros disfruten de la sangre de la tierra, me indigne ante la falta de solidaridad de los que con su ejemplo podrían hacer más, me ahogó la impotencia de sentirme tan chiquita y no poder hacer nada y me desoló el saber que en este mundo tan solo por nacer mujer soy ciudadana de segunda clase.

 Y como en otras ocasiones no pasó nada, porque nadie escuchó mi lamento. Lo siento tanto. Tan solo me consuela el estoicismo, la entereza, el ejemplo del Cristo que se entregó por la humanidad. Fuese rabino, enemigo político de Roma, profeta, hombre o el Hijo de Dios. No me importa. Fue grande. Muy grande. Así que los que se dedican a utilizar sus palabras en su provecho deberían pensarlo dos veces antes de hablar de él. Porque algo tan hermoso, tan generoso, tan excepcional no deberían arrebatárnoslo. Es lo único que nos queda a los pobres. Pensar que alguien sin pedir nada a cambio hizo algo por nosotros. 

Que no se atrevan a decir que no sirvió para nada nada. Porque más de 2000 años después sus palabras todavía consuelan y se repiten. Y que los que se arrogan la potestad de administrar el consuelo que dejó al mundo recuerden que son falibles, humanos e imperfectos. Que no están por encima del bien y del mal. Y que cada vez que se sitúan junto a los que rompen una y otra vez las reglas, están condenándose eternamente.

No insistáis en usar guantes blancos para golpearnos, porque acabarán manchados con nuestra sangre y aunque los lavéis como intentáis lavar vuestras conciencias, que dudo que tengáis, cada golpe resuena en el universo como un grito.

Habláis de amnistía fiscal, de reforma laboral, de déficit presupuestario, de prima de riesgo, de desahucios, de despido libre, de exigencia de los mercados, de letra pequeña, de austeridad, de globalización, de internacionalización, de daños colaterales, de neoliberalismo…

Asumid vuestra locura, vuestro egoísmo, vuestra falta de escrúpulos. Porque no engañáis a nadie. Tan solo a vosotros mismos. Y los que les amparáis y arropáis recordad que como tampoco estáis libres de culpa, no podéis arrojar ni una sola piedra.

Cada cual que asuma su culpa y su responsabilidad. Yo hace tiempo que he asumido las mías, de forma intima y personal, sin animo de ofender o faltar, pidiendo disculpas por lo que haya hecho mal. Y no por ello me siento mejor. Pero si como dijo el poeta  si “más ligera de equipaje y desnuda como los hijos de la mar”. Preparada para la lucha. Lista para la marcha.

Porque cuando la plaga desaparece, siempre descubres que ha quedado un esqueje, una semilla, una esperanza. Y eso no podéis comprarlo ni destruirlo. Eso hay que ganárselo a pulso y los de siempre, los humildes, los de abajo, nos hemos ganado la esperanza a golpes.

Cuando llegue el momento podremos saborearla y empezar de nuevo. ¿Podéis decir vosotros lo mismo? Lo dudo. Sinceramente lo dudo.


sábado, 7 de abril de 2012

TRAGEDIA GRIEGA


Esta semana es extraña. Más de lo habitualmente extrañas que están resultando las semanas de los últimos años. En el mundo resuena el eco del disparo del arma con la que un jubilado griego se ha quitado la vida frente al Parlamento de su país.

En uno de sus bolsillos llevaba una carta idéntica a otra que ha dejado a su familia, explicando el porqué de su decisión.

Contaba que no quería acabar rebuscando en los cubos de basura hasta encontrar algo con lo que alimentarse. Estaba enfermo y desesperado. Era farmacéutico. Había vendido su negocio en el 94 y desde ese momento su pensión había adelgazado a golpe de crisis económica y despropósito político. Lo más doloroso es que insistía en que había pagado puntualmente y sin hacer trampa o recibir ayuda los impuestos que garantizasen esa pensión que ahora le era arrebatada céntimo a céntimo abocándole a la miseria más absoluta.

 La tragedia griega de la que habla el mundo no ha sido escrita por una mente reflexiva del calibre de los autores o filósofos clásicos antiguos algunos de los cuales fueron invitados por los que les gobernaban y se sentían ofendidos con sus opiniones contundentes y acusadoras al suicidio.

Esta tragedia como la que viven cientos de griegos y griegas de todas las edades ha sido dictada y escrita por gobernantes a los que la masa que les sustenta y sostiene resulta molesta e insignificante.

Esta tragedia nos golpeará de forma temporal, porque otras muchas llegaran a nuestra playa colectiva en forma de desechos y restos del gran naufragio que ha experimentado nuestra sociedad.

Hace un año más o menos un joven de probada formación intelectual y técnica se quemaba ante la mirada horrorizada de los que le contemplaban en Túnez. Para sobrevivir y alimentar a su familia se dedicaba a la venta ambulante de fruta pero como carecía de permiso oficial que le permitiese vender los productos que ofrecía públicamente, una y otra vez la policía le detenía, decomisaba la mercancía y multaba. Nadie recuerda ya su nombre, ni el lugar exacto en que se inmoló. Nadie recuerda que ese gesto de desesperación, de haber llegado al límite, de no encontrar salida a su situación, provocó la llamada Primavera Árabe. Primero fue Túnez, luego Egipto, luego Libia y ahora asistimos a la sangría de Siria. Sin contar con que en las últimas horas la etnia tuareg ha declarado la independencia del norte de Mali, el país en el que el ejército depuso la pasada semana al presidente del país por actuar de forma poco contundente contra esa minoría tuareg.

Hoy mismo casi 12.000 sillas vacías recordaban la tragedia de Sarajevo. Han pasado 20 años de aquel horror, de aquella suma infernal de muertos. Sarajevo. Una ciudad culta, multiétnica, símbolo aparente de la convivencia hace 20 años era una ciudad sin esperanza, en la que no había nada que hacer, en la que no había agua, alimentos o medicinas. Sarajevo era noticia cada hora porque los sitiadores serbios se empleaban a fondo masacrando a grupos de civiles que salían a comprar el pan cuando lo había.

Los francotiradores eran invisibles y certeros. No distinguían entre niños o adultos. Simplemente ajustaban el objetivo, se preparaban y con una perfección macabra eliminaban a un enemigo más. Los habitantes de Sarajevo aprendieron a bajar a la calle colgándose de los balcones de sus casas en llamas, esquivaron balas fantasmas, no perdieron la moral y siguieron empeñados en vivir.

La ONU organización supranacional heredera de la Sociedad de Naciones a todas luces inútil como en el resto de conflictos y desastres del pasado siglo y de este que acabamos prácticamente de estrenar, comprobó que los niños de Sarajevo habían inventado un nuevo juego. Colgarse de las tanquetas y otro tipo de vehículos esperando morir. Niños. El futuro esperando morir.

Cuando aquella guerra de Los Balcanes finalizó, fue sobre el papel. Los odios, los rencores, los fantasmas siguen vivos. Los culpables siguen vivos. En ocasiones se les atrapa y les juzga un tribunal internacional contra los crímenes que atentan contra la humanidad. Pero de ahí no pasa el tema.

En aquella década espantosa otro conflicto convirtió África en un cementerio gigantesco. Ruanda. Otra lista de lamentos y dolor. Ver la película Hotel Ruanda te hace sentir que no quieres pertenecer a este grupo, a esta especie que periódicamente se extermina, tortura y mutila.

Cuando Sarajevo se desangraba, cuando los bosnios musulmanes eran eliminados sistemáticamente el mundo se horrorizaba y seguía atento las noticias, pero no pasaba nada más.

En nuestro país vivíamos pendientes de tres acontecimientos multitudinarios. La Exposición Universal de Sevilla, El Madrid Cultural y las Olimpiadas de Barcelona 92. A menos de dos horas en avión la gente se desangraba, moría, perdía la esperanza y nosotros aplaudíamos los logros científicos, sociales y deportivos del mundo civilizado. Y no pasaba nada.

Unos años después la televisión de todo el mundo informó de como dos aviones se estrellaban contra las Torres del World Trade Center de Nueva York, de como otro avión se estrelló contra el edificio del Pentágono en Washington D.C. y de como un grupo de pasajeros de otro vuelo suicida logró abortar el plan y estrelló el avión en el que viajaban en mitad de un bosque de Pensilvania.

Y otra vez los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, aquellos Jinetes que el viejo Madariaga veía cabalgar en el cielo en la película homónima inspirada en la novela de Blasco Ibáñez, habían montado en sus corceles y capitaneados por la Muerte corrían en galope desbocado por todo el mundo.

En 2005 tuve el privilegio de charlar con un hombre excepcional, que había sobrevivido a los horrores del campo de Mathausen. Era un republicano español, al que la Guerra Civil Española le convirtió en alguien sin familia ni esperanza. La tarde en que le conocí, había sido entrevistado en la radio y yo le hacía compañía en el vestíbulo mientras esperábamos que llegase el taxi que debía llevarle de regreso a su casa. En aquel tiempo su salud acusaba los rigores de una vida dura, muy dura.

Le comenté que en el 89 había visitado Mathausen y que a pesar de haber visto con mis ojos el escenario de aquel teatro maldito, no podía imaginar lo que él y el resto de prisioneros habían soportado. Hizo un gesto con la mano, intentando consolarme. Me miró con la mirada que solo los que han visto el abismo de cerca y han logrado que no les devore tienen. Y me dijo con una sonrisa triste que lo que más le preocupaba era que se daba cuenta de que el clima político y social que vivíamos en aquellos años era bastante parecido al que su generación vivió en la década de los años 30 del siglo pasado.

Sus palabras no me horrorizaron puesto que desde hace muchos años y a pesar de no haber vivido en su tiempo, tan solo a través de los datos recogidos en los libros, yo tenía esa sensación, esa certeza.

Cuando unos años después, no muchos, supe por la prensa que había muerto, lo sentí y mucho. La esperanza del mundo se iba un poquito más con él.

Fue en ese tiempo cuando las calles de nuestro país se llenaron de gente que protestaba por lo que llamaba una guerra ilegal. La guerra en la que nos hallábamos y seguimos inmersos.

Y es ahora cuando no comprendo como no siguieron esas marchas y esas protestas o porque no se habían organizado veinte años atrás cuando Sarajevo se desangraba, cuando Somalia se desangraba, cuando Ruanda se desangraba, cuando Tailandia se desangraba sin olvidar Palestina, Israel. ¿Acaso la larga lista de conflictos armados que asolan el mundo no está compuesta por actos ilegales? Porque la ley contempla que quitarle la vida a alguien es ilegal y condenable.

En otra ocasión mi ciudad fue el escenario elegido para un encuentro por la paz de las culturas. Estaba previsto que Su Santidad El Dalai Lama asistiese. Pero no fue posible. Porque cierto gobierno que nos había prestado unas figuras de terracota dijo que si Su Santidad venía, se llevaban las figuritas y en paz. Y los representantes de esta ciudad claudicaron. Lo que tampoco resulta extraño puesto que una de las firmas patrocinadoras del evento, se dedica a fabricar los componentes de control de ciertos tipos de misiles.

Hoy también hemos conocido que el mayor traficante de armas, un tipo que incluso inspiró una película, ha sido condenado finalmente a 25 años de prisión. Eso es lo que valen las vidas de los que gracias a él se perdieron en cada transacción, cada acuerdo, cada conflicto, cada guerra. 25 años.

Y hoy este país tan devoto y espiritual andaba enfrascado recordando el sacrificio que hizo Jesús el Nazareno, ahora ya si que El Cristo, en la cruz. Los más devotos han olvidado que el Cristo se inmoló según cuenta la tradición para redimir a la humanidad de sus pecados. Y también olvidan que en un último momento de serenidad y fortaleza, antes de expirar tras una larga y cruel agonía dijo “Señor perdónales porque no saben lo que hacen”.

Desgraciadamente los que nos han llevado a esta larga agonía a esta sangría lenta y dolorosa, los que nos han robado la sonrisa la paz y la tranquilidad, los sueños y el futuro, si que saben lo que hacen.

Así que como yo no soy tan grande ni fuerte ni generosa ni especial como ese Jesús que el poeta que murió en el exilio dijo que siempre tiene sangre en las manos y que siempre está en la cruz, ni perdono, ni pienso olvidar.

Soy una gota insignificante en este océano de dolor y desesperanza, no cuento para ellos, solo soy una cifra más a la que maltratar, robar la esperanza, los sueños y la alegría. Pero quiero que sepan que no les perdono, que no olvido. Y que mientras me quede un solo pensamiento les señalaré como los responsables de este naufragio. Puede que el día más inesperado llegue a vuestra costa como resto inútil del barco. Solo os pido que me recojáis y me acompañéis hasta el final. En caso contrario os prometo que os recogeré y acompañaré hasta el final si así lo queréis.

Ellos son poderosos pero nosotros somos su fuerza. Que por un momento se detengan y recuerden que puede que llegue un día en el que ya no les quedé nadie a quien explotar, maltratar o sangrar. ¿Qué haréis entonces con todo lo que hayáis conseguido? Pensadlo. Puede que esta reflexión os salve de vosotros mismos.

viernes, 6 de abril de 2012

FILIAS Y FOBIAS


Lo reconozco. Soy una extremista. O amo algo profundamente o lo detesto con una entrega apasionada. Me muevo como Pio Baroja entre mis filias y mis fobias.

Si algo o alguien me gusta, lo aceptaré, defenderé, degustaré y seguiré con pasión. Si algo o alguien no me gusta, lo rechazaré y evitaré con igual pasión y dedicación. Ciertas cosas, situaciones o personas me producen una sensación agradable. Ciertas cosas, situaciones o personas me producen una crispación tan exagerada a decir de los que me conocen bien, que reacciono con una sola mención del objeto de mis fobias como si fuese alérgica al mismo.

Lo peor es que a medida que pasan los años no soy capaz de disimular mi disgusto ante quien o que lo provoca. Y tampoco disimulo la alegría que me produce que o quien se ha convertido en mi filia.

Así que si alguien tiene a bien invitarme a una reunión, en su casa o en un lugar común, y me comenta que también está prevista la asistencia de tal o cual, acepto o declino la invitación en función del agrado o rechazo que me produce tal o cual invitado.

Puede parecer una actitud exagerada y poco considerada. Pero soy así y como decía la canción así seguiré. Soy como soy. Imperfecta, rara, extraña, poco convencional. Y como ya tengo suficientes tiros pegados y encajados en mi vida, intento ser considerada y no amargarle a nadie a la reunión. Así que si se trata de una anfitriona amable y entusiasta, declino la invitación con una excusa y le ahorro mi cara de cabreo perpetuo al resto de los invitados.

Soy consciente de que el resto del mundo también siente lo mismo hacia mi en algunos casos. Y también soy consciente de lo generosos que son aquellos que aun sabiendo de mis peculiaridades se empeñan en que forme parte de sus vidas de una u otra forma. Sinceramente no merezco a mi gente. Al parecer me quieren a pesar de mi mismez intrínseca, que diría mi gran amiga Yolanda.

Pero es que ha llegado un punto en que por temas profesionales debo soportar la presencia de personas que tienen la virtud de crisparme y a las que intento por todos los medios llevar como si de una deuda kármica se tratase.

Así que ¿por qué debo compartir también mi escaso tiempo de ocio con los que no me aportan nada? Como de momento no he encontrado la formula que me permita ser socialmente estupenda, me limito a hacer mutis o simplemente a no comparecer al evento y ahorrarme y ahorrar tensiones y disgustos al resto de la concurrencia.

Si yo soy incapaz de disfrutar de la compañía de gentes tan interesantes es mi problema no el de los demás. Nadie tiene la obligación de soportar mi envaramiento y mi cara de “llevo-unos-zapatos-dos-números-más-pequeños”.

Soy una nulidad social. Nunca se como desenvolverme en ciertos eventos. En cierta forma me identifico con el personaje que interpreta Peter Sellers en la magistral película El Guateque. En ocasiones me parezco más a alguien que acaba de aterrizar en la Tierra procedente de Marte.

En cambio cuando mis filias están presentes puedo ser locuaz e incluso creo que divertida. Tanto que también debo dosificarme porque puedo pasarme de locuaz y de divertida. Lo he dicho al principio, no tengo un término medio para mi vida.

No obstante me siento orgullosa de haber ignorado a alguien a quien detesto y que me detesta en una reunión social durante más de ocho horas, sin que mi cara dejase ver en ningún momento lo que la situación me incomodaba. Y que conste que ignorarme, dada mi talla y envergadura, resulta a todas luces un ejercicio de estrategia digno de alabanza. Pero no era cuestión de fastidiar la fiesta a más de doscientas personas.

Por todo ello admiro profundamente a quienes se desenvuelven con soltura y majestad en las peligrosas aguas sociales sin despeinarse ni arrugarse el traje. Se necesita temple y control de la situación y las emociones.

Recuerdo una ocasión en la que colaboré en la preparación de un evento profesional.  La distribución de los invitados en las mesas de salón de un conocido hotel estaba más cerca de un plan de batalla que de una reunión social amena y agradable. Acudían varios ex con sus actuales parejas. Y como al parecer sus relaciones no habían acabado de forma armoniosa y civilizada la organización del evento nos proporcionó una lista de posibles elementos en conflicto que contribuyó a evitar el desastre.

Por suerte para mi humilde persona, los que al parecer me quieren (vaya usted a saber porque) siguen sin considerarme un caso perdido y periódicamente intentan sacarme de mi guarida para que disfrute de la compañía de otros seres humanos. Y cuando lo logran, también debo confesar que acabo invadida por una cálida sensación de afecto y agradecimiento.

Al fin y al cabo dicen que los humanos somos seres sociales. Así que de vez en cuando me dejo llevar por la idea de que pertenezco a un todo global que por unas horas resulta interesante. Tiempo tendré al regresar a mi guarida de continuar siendo rara, extraña y difícil de catalogar o definir, filias y fobias incluidas.

jueves, 5 de abril de 2012

CULPA,PERDÓN,PALABRA


Esta semana es la semana de la culpa, de la penitencia, de la redención. Es una semana de aquellas en la que el crujir de dientes de las almas condenadas a vivir en el Infierno está más presente que nunca, especialmente para aquellos que se publican creyentes.

Lo de creer en un ser superior que rige nuestras vidas o no creer en su existencia es algo intimo y personal. Muy íntimo y muy personal. Creo que en eso está de acuerdo la inmensa mayoría de la humanidad.

Desde que el ser humano se convirtió en un ser ligado al grupo, desde que empezamos a crear las estructuras que de una forma u otra continúan vigentes perdimos la inocencia y adquirimos un nuevo sentimiento que resulta común a la mayoría de las culturas: la culpa. Al mismo tiempo creamos la cura a este sentimiento tan devastador: el perdón.

Si de algo sabe mi generación en de culpa, pecado, prohibiciones, transgresiones y poco perdón.

La tradición en este país hizo que de forma obligatoria, sin pensar, aceptásemos lo que el grupo aceptaba. Y la culpa y sus resultados hicieron un trabajo magnifico en lo más hondo de nuestro ser.

Lo curioso es que quienes se encargan de hacernos sentir culpables por cada acto que llevamos a cabo no se sienten, o al menos no lo confiesan o reconocen públicamente, culpables.

Si dedicásemos un poco de nuestro tiempo diario a analizar lo que en teoría nos hace sentir culpables descubriríamos que no hemos hecho, dicho o pensado nada tan atroz que nos convierta a los ojos del grupo en culpables.

Pero en esas andamos. Fustigándonos, confesando nuestros pecados, soñando aterrados con castigos a la altura de nuestra transgresión, temblando por si es cierto que hay algo después de la muerte que nos condene a vagar eternamente encadenados a nuestras culpas, nuestros pecados.

Lo más adecuado sería hacer balance cada noche sobre nuestros actos y con cariño y objetividad, plantearnos cada error como una posibilidad de aprender y avanzar y no como algo que nos deje estancados en el lodo de los errores.

Cada día enfrentamos nuestra existencia con la certeza absoluta de que somos imperfectos, que debemos aprender y que no existe un manual que nos permita sortear los obstáculos con la facilidad con la que se puede resolver una suma o una resta. Bueno en cierta forma el método es sencillo. Sumariamos conocimientos y experiencias, conclusiones y restaríamos elementos negativos.

Creo que la culpa únicamente sirve para que avancemos en línea recta por el camino, sin prestar atención al paisaje, a las oportunidades que la vida nos depara. Estamos tan empeñados en llegar a la noche con el marcador de errores a cero que nos perdemos muchas cosas.

Desde luego por mucho que haga millones de años que hemos bajado de los árboles y nos hayamos convertido en seres bípedos y racionales, algo de la bestia ancestral y primitiva debemos conservar porque si no no se comprende tanta norma, ley humana, código de conducta, código deontológico, código de circulación, código de barras, leyes divinas, textos sagrados, textos menos sagrados, libros de auto ayuda, manuales de buenas maneras, tratados de protocolo…cuya función principal por lo visto es la de hacer de nosotros pobres mortales seres capaces de controlar la parte animal que nos habita.

Y a pesar de tanto código, ley y demás seguimos metiendo la pata a cada paso. Unos con mayor fortuna y otros quedándose con la sensación de no avanzar casilla lo que resulta frustrante a todas luces.

Lo único que puede curar la culpa es el perdón, especialmente el perdón a través de la palabra.

Y en este punto es inevitable recordar, los que pertenecemos a mi generación seguramente de forma automática, las palabras de un oficial romano que no encontraba remedio alguno para su más querido sirviente. Sabedor de la capacidad de sanación de Jesús (en ese momento todavía no era el Cristo) salió a su paso y simplemente le dijo “Señor no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

La palabra cura, salva, destierra los demonios internos. Pero también condena. Dice un proverbio árabe que “El secreto debe formar parte de tu piel y tu alma, sino estás perdido”. Pero los secretos nos pueden llevar a la locura como cuenta Edgar Allan Poe en El Corazón delator.

Antaño confesábamos nuestras cuitas al cura de la parroquia o la portera del edificio (por eso han adquirido una fama de cotillas injusta y puedo asegurar que se de lo que hablo porque he sido portera o como prefiero denominarme, Empleada de Fincas Urbanas Sindicada). Actualmente como cada vez la comunicación entre los humanos a pesar de lo globalmente comunicados que estamos es más complicada o nula, recurrimos al terapeuta.

Si tenéis la suerte que tengo yo, entonces vuestra curación será no diríamos que rápida pero si efectiva.

Mi terapeuta es un gran ser humano. Gracias a él, a su convicción de que la palabra cura, me he salvado de la locura en el sentido más destructivo y devastador del término. Nunca me ha aconsejado ni juzgado y siempre me ha escuchado. Diréis que en realidad es su trabajo. Pues si. Pero él ha elevado su trabajo a la categoría de milagro. Soy consciente de que mis culpas cada vez son más leves y de que soy capaz de tratarlas con el respeto o la irreverencia que merezcan. Y también soy consciente de que el proceso no ha terminado. Pero ahora las puedo detectar, comprender, acunar y dejar marchar. Encontraré otras en el camino, tantas como piedras encontramos en la calzada. Pero serán nuevas. Las viejas cada vez están más alejadas de mi vida.

Los creyentes utilizan la oración para curar o mitigar su dolor y su culpa. Y en la mayoría delos casos les funciona. La oración es tan antigua, universal y global como el ser humano. La plegaria, la oración. Todo sirve para que nuestras culpas sean más ligeras y duelan menos.

La culpa puede ser devastadora, incluso a nivel físico. Los más cercanos a las nuevas filosofías vitales, afirman que algunas dolencias graves se deben a sentimientos y experiencias negativos que se traducen en desajuste de nuestro cuerpo que nos puede llevar a la más terrible experiencia vital.

La mayoría de nosotros a pesar de lo modernos y sofisticados que somos, en momentos de angustia, de conflicto o de perdida, acudimos a la oración. En ocasiones se trata de la formula aprendida en la infancia de forma automática que creías olvidada pero que aflora en tus labios de forma inconsciente. En otros momentos simplemente se trata de una nueva forma de pensamiento en voz alta que aligera la pena, la angustia y el dolor. Puede que no seamos creyentes, pero ahí estamos prometiendo, pactando, rogando por nosotros en pocas ocasiones y por los que amamos en la mayoría de los casos. Porque a pesar de ser unos cínicos recalcitrantes nuestra gente siempre merece un esfuerzo mayor.

Recuerdo el final de una obra de Unamuno que habla de la oración de forma contundente y que te hace pensar.

El autor de una obra, decide eliminar a un personaje porque no encaja con el argumento. A la mañana siguiente mientras rescribe las escenas modificadas, llaman a su puerta. Abre y encuentra a un tipo que le resulta familiar, pero que no sitúa. Le permite entrar en su casa porque el aspecto de aquel hombre le inquieta. Está alterado, preocupado, sudoroso. Parece que la vida se le escapa por segundos. Alarmado le invita a entrar en su despacho, le ruega que se siente y le ofrece una bebida tónica. Cuando el visitante se ha serenado un poco, el escritor le pregunta por el motivo de su visita. Y cuando este empieza a hablar, el escritor descubre horrorizado que se trata del personaje que ha eliminado de su novela.

A medida que la conversación avanza el personaje le recrimina al escritor que le haya eliminado de la novela, que no le haya permitido demostrar su valía, lo que pueda aportar a la trama.

El autor que desea que su visitante se marche cuanto antes le contesta que él es el dueño de la obra, el creador máximo y que tiene el derecho y la obligación de modificar las palabras y las frases a su antojo o los personajes que no le resulten útiles.

El personaje se levanta lentamente de la silla, y antes de salir del despacho, le dice al escritor que en realidad le da pena porque quiere jugar a ser Dios pero que no lo ha conseguido.

El autor le responde airado que en realidad el personaje es prescindible porque ha surgido de sus sueños y de su fantasía. Y es entonces cuando el personaje eliminado sonríe por primera vez y responde que ambos están a la misma altura. Porque los humanos en realidad sabemos que somos el fruto de los sueños de Dios y que temerosos de que despierte y deje de soñarnos, temerosos de desaparecer del universo, le rezamos. Porque la oración, el rezo, la plegaria en realidad son canciones de cuna que recitamos para que Dios no despierte y nos siga soñando.

Rezos aparte, la culpa no es buena y como dice la canción hace daño, da pena y se acaba por llorar. Desterremos la culpa y llamémosla simplemente error. Aprendamos de ella. Siempre y cuando no hayamos atentado contra una vida o la libertad de nuestros semejante. Entonces no se trata de culpa. Se trata de canallada, de atrocidad, de falta de alma. Del momento en que la bestia primitiva ha ganado la partida.

miércoles, 4 de abril de 2012

APALABRADOS, ENCADENADOS


Es la última moda. El último grito. Lo más in. Lo más cool. Lo más de lo más. Jugar a apalabrados o en inglés Angry Words.

Lo confieso yo también estoy pillada por esta novedad lúdico-didactico-estresante-hilarante-cultural.

Para los que todavía no hayan sido captados por los seguidores de esta modalidad de juego, ni formen parte de la gran masa de jugadores compulsivos de Apalabrados, cabe decirles que es como jugar al Scrabble pero en formato de telefonía móvil o android.

En el preciso momento en el que escribo estas líneas me encuentro disputando varias partidas de apalabrados simultaneas. La mayoría en castellano, varias en catalán y dos en inglés, con oponentes situados en mi provincia, en Lanzarote, en Córdoba... Si señor. Viva la multitarea y la globalización.

Confieso que jugar a Scrabble, siempre me ha gustado pero que lamentablemente en mi caso nunca he podido jugar puesto que digamos mi familia no está demasiado interesada en el tema. Por tanto esta aplicación en mi móvil me permite aprender, jugar y pasarlo bien.

Lo mejor es que gracias a este juego puedes analizar el comportamiento de tu circulo más próximo: horarios laborales o académicos, pautas de comportamiento, temperamento, carácter.

Una de mis oponentes  es rápida y veloz. Su nivel de conocimiento de la lengua castellana es altísimo al igual que su nivel de impaciencia y la elección de las palabras jugadas varia notablemente en función de su estado de animo, de su nivel de estress o de su capacidad de concentración, teniendo en cuenta la hora a la que se haya conectado.

Otro de mis compañeros de juegos, el que me inició en este divertido juego es métodico, tenaz, pausado, calculador y competitivo. Su nivel de conocimiento de la lengua es ampio y su paciencia infinita. Disfruta derribando a sus oponentes en la arena virtual del juego y le puedes imaginar celebrando cada tanto, cada éxito con la elegancia de un pavo real. Las palabras que va creando con las fichas permiten leer entre líneas un fino sentido del humor, irónico y cuidado que suele camuflar entre capas de seriedad y responsabilidad.

Otros empiezan una partida que con suerte finaliza tres días después. Son tranquilos, reposados, sus conocimientos son amplios y como Los Ojitos del Guadiana, una parte del río que desaparece bajo tierra a lo largo de 40 kms., aparecen, juegan y se van. Pasados unas horas o un par de días reaparecen, dan la campanada y se ausentan de nuevo.

Seguramente son los que se toman la vida a sorbos, los que la paladean, los que tienen y mantienen prioridades y resultan dignos del aserto “Cada cosa en su sitio y cada sitio para su cosa”.

Las palabras que aparecen con más frecuencia tienen relación con funciones fisiológicas de las que no hablamos en público o con el sexo.

Pero quizás las más reveladoras son las que se refieren a esfuerzo, obligación o deber. Muchos de los jugadores, reman, deben, escuchan, oyen o pierden. Si su estado es tenso joden o sexan. Si la cosa va bien aman.

Lo más curioso es que andamos todos tan pendientes de puntuar, de aprovechar cada resquicio del tablero, cada letra del contrario que nos permita acumular puntos, que no nos percatamos de lo que escribimos.

En cierta forma si se tratase de un programa de paraciencias, al parecer nos estaríamos dedicando a la escritura automática de palabras que nos dictan nuestros demonios interiores, nuestros más profundos anhelos, nuestros deseos insatisfechos.

Este Apalabrados está resultando de lo más enriquecedor e interesante. Y a esta hora de la madrugada, al parecer todos los gatos pardos se han retirado a descansar. Pues no. Todavía queda algún rezagado. Veamos. La palabra propuesta es AHÍ. Pero como las opciones que tengo son poco más que nulas, aprovecho una S y creo el plural de una palabra que previamente yo misma había escrito. GALOS. Y fijaros que en mi caso no se puede hacer un análisis claro de mis deseos, anhelos o demonios internos. Simplemente se trata de acumular puntos.

Llegados a este punto dejo a otros y otras el análisis de mis características personales como jugadora.

Así pues. Buenas noches y buena suerte. Aunque en este caso no tenga nada que ver con la política, como sucedía en el tiempo en que esta frase se acuñó en EEUU. Pero esta reflexión queda para otra entrada digamos que porque no es el momento de analizar cuestiones políticas. Ahora simplemente, no me apetece.

martes, 3 de abril de 2012

FUERA DE CONTEXTO


Aprovechando que continúo inmersa en una inusitada crisis organizativa mi proceso de arqueología vital me está deparando verdaderos hallazgos que podrían provocar la envidia de profesionales reputados como el doctor Arsuaga y palidecer sus estudios en Atapuerca.

Y puestos ya a dar una patina de respetabilidad al simple proceso de limpieza general de mi archivo personal doy por bautizada esta humilde leonera como La Sima de los Papeles. Toma ya modestia si señor.

Esta tarde he rescatado un reportaje de julio de 2011 publicado por El País, sobre el doblaje de películas en España. Antes de proseguir vaya por delante mi admiración más sincera a las y los dobladoras y dobladores míticos y grandes de producciones, series, documentales, espacios de teletienda, campañas de publicidad, video juegos y demás productos que llenan miles de horas de nuestra vida y que teniendo en cuenta la incapacidad demostrada en nuestro país para aprender lenguas extranjeras ha resultado desde el principio más que una profesión, un arte, un ejercicio de filigrana fina. Vamos que realizan una labor social.

Pocos recuerdan que los primeros doblajes fueron obra de profesionales de la radio, de los miembros de los cuadros de actores de radioteatro que en épocas heroicas por aquello de los medios precarios y el oído vigilante de la censura, ofrecían momentos memorables a la audiencia de este país sumido en el gris más marengo y oscuro que se pueda imaginar.

Curtidas sus voces en tonos de drama o comedia, con una dicción que todavía enamora y unos ritmos que te permitían ver la historia con los ojos cerrados la sincronización de esas voces con la imagen original sinceramente era y es, teniendo en cuenta los avances técnicos, algo mecánico. Pero gracias a su capacidad interpretativa, a la magia de sus voces las películas resultaban más que atractivas.

Teniendo en cuenta esta gran profesionalidad y calidad interpretativa, los mayores de la casa estarán sonriendo al recordar producciones de Disney que llegaban a nuestros cines dobladas en Latinoamérica. No hace muchos años descubrí a los actores de algunos de estos doblajes en una película de Mario Moreno, Cantinflas.

Gracias a estas producciones, no solo cinematográficas sino también televisivas, aprendimos que el “ocsiso estaba en el piso” o lo que es lo mismo que “el muerto estaba sobre el suelo”.

Capitulo aparte merecen los dibujos animados. Y no me refiero solo a películas como Dumbo o el Libro de la Selva, sino a series animadas que en estas semanas he redescubierto en un canal infantil y cuyos responsables han tenido a bien programarlas con el doblaje que escuché de niña (Scooby Do, ¿Dónde estás? o Los autos locos)

Al parecer las productoras de allende nuestros mares no se fiaban del régimen político que gobernaba el país y el descubrimiento que habían hecho sus responsables de controlar el doblaje de las películas y convertirlo en arma política e ideológica y por tanto las películas y las series llegaban  con la musicalidad que el castellano solo puede adquirir en climas más cálidos.

No obstante algunos de los ejemplos más atroces de doblaje de películas no solo afectaron a producciones extranjeras sino también a productos patrios. Uno de los casos más extraños es una escena de interrogatorio preguntan a Ingrid Bergman si está divorciada. La actriz responde que si y reafirma su respuesta con un gesto afirmativo de cabeza. El doblaje final nos permite escuchar que “no está divorciada” al tiempo que parece que su cabeza ha cobrado vida propia.

En cierta forma me recuerda a una escena de Cantando Bajo la Lluvia en la que la compañera de reparto del personaje de Gene Kelly, dice si y se escucha en la sala “no, no” y Gene Kelly responde “No, no “ y se escucha “si, si”. Solo que Cantando Bajo la Lluvia nos cuenta el inicio del cine sonoro y la falta de sincronía aparente de Ingrid Bergman obedece a un propósito más oscuro. A partir de ahí la lista de desaguisados censores es infinita y podemos dividirla en doblaje a películas rodadas en castellano y doblaje de películas extranjeras.

En el apartado Ibérico destacarían Viridiana y Bienvenido Mr. Marshall. Al parecer no fue necesario censurar ni prohibir la cinta de Buñuel porque simplemente no existió. Se retiró con efecto retroactivo el permiso de rodaje y no tenía existencia legal. No obstante triunfó en el Festival de Cannes al tiempo que fue condenada por el Vaticano. El General exigió ver la cinta en El Pardo, solo. Y cuando acabó la proyección dijo con su sensibilidad habitual que no entendía tanto escándalo por “unos chistes baturros”.

En el caso de Bienvenido Mr. Marshall la censura fue kafkiana. Los censores temían que el discurso de Pepe Isbert  fuese interpretado como una burla de la forma en que el General pronunciaba los suyos cuando “se dignaba a turbar la paz de los hogares patrios”. Así que se procedió a proyectarla en El Pardo y el Jefe del Estado no vio problema alguno. Lo que si mereció tijera fue la escena en la que la maestra del pueblo soñaba con jugadores de rugby altos, jóvenes y sudorosos.

Lo más grave sin embargo se produjo con las cintas extranjeras. La magnífica Senderos de Gloria de Kubrick al mostrar la realidad de la guerra se convirtió en una producción incomoda. Simplemente no se dobló ni estrenó hasta 1986, aunque en 1980 se pudo ver en el Festival de San Sebastián en una retrospectiva del director. El General llevaba 11 años enterrado cuando por fin pudimos ver el mensaje antimilitar que impregna la obra.

Otro de los gloriosos cortes en una película mítica lo sufrió Casablanca. En un momento de la historia alguien le dice a Rick- Bogart que es un soñador que siempre apuesta por causas perdidas como la de apoyar a la República Española. Por tanto ese fragmento delator de las filias del cínico Rick fue suprimido y ya está, a otra cosa mariposa.

Mogambo por su parte es uno de los momentos estúpidos de la censura española. En la historia original el personaje de Clark Gable pretende ligar con el personaje de Grace Kelly, infelizmente casada. El doblaje convierte a Grace Kelly no en adultera faltaría más, sino en incestuosa, porque de un plumazo su marido se convierte en su hermano.

Y el no va más se lo lleva Con Faldas y a lo Loco. La frase final que pronuncia el millonario pretendiente de un Jack Lemon magistralmente travestido “Nadie es perfecto” puso los pelos como escarpias a los censores puesto que se trataba decían de una apología gay.

Así que si revisamos alguna de aquellas producciones dobladas, escucharemos en ocasiones algún salto en el dialogo doblado. No se trata de un fallo de la banda sonora. Simplemente se trata de recuperar el texto original. Lo que resulta más chocante es que visto y escuchado con los ojos de este nuevo siglo, tanto cuidado en proteger los inocentes oídos y ojos del pueblo llano, resultaba innecesario.

El pueblo llano es mucho más listo de lo que creen sus gobernantes y sabe distinguir el contexto de cada acción y analizar cada situación. Quien tenga ojos que vea y quien tenga oídos, que oiga o mejor, que escuche, que es algo que últimamente no hacemos. Escuchar, un arte perdido.

lunes, 2 de abril de 2012

LA PRISA Y LA PAUSA


Periódicamente y dicho sea de paso sin éxito alguno, intento poner cierto orden en mis cosas. Eliminar documentos que ya no son útiles, conservar algunos artículos de prensa (si, todavía leo prensa escrita) que puedan convertirse en material para mi trabajo, reorganizar mi amplia pero descontrolada biblioteca…Insisto en que no suelo tener éxito y que no parece una operación de limpieza doméstica sino que recuerda a las actividades infantiles junto a la orilla del mar que consisten en llenar un cubo de plástico de brillante color, de arena o de agua y trasladarla unos metros más allá, sin un propósito ni un resultado aparente. Dicen los expertos que esas actividades forjan el carácter. Pues será que yo no jugué lo suficiente con la arena de la playa y el agua del mar.

Yo más bien lo considero un ejercicio de arqueología vital que te permite conocer y estudiar tu evolución en las últimas semanas o meses gracias a la observación y el análisis de todo tipo de papeles, notitas, post-its, etiquetitas, tarjetas, notas en pedazos de papel…

Esta mañana además de encontrar el ejemplar del desaparecido periódico Público del Sábado 12 de junio de 2010 y que recogía en sus páginas noticias importantes: El Inicio del Mundial de Futbol en Sudáfrica, la llegada de la Selección Española de Futbol a Sudáfrica y algo tan poco interesante como la puesta en marcha de la Reforma Laboral a cargo del Ministerio de Trabajo dirigido por el entonces ministro Celestino Corbacho, que entre otros puntos contemplaba el pago de solo 20 días por año, la flexibilización en el despido para fomentar el empleo y a todo esto podíamos leer que los sindicatos afirmaban que si el Gobierno de Rodríguez Zapatero no moderaba sus propuestas que a todas luces atentaban contra la dignidad de la clase obrera convocarían una huelga general.
El hallazgo de este ejemplar atrasado, me ha llenado de absurda satisfacción puesto que me permite seguir sosteniendo ante mis detractores, el discurso de que la situación actual se empezó a gestar en el tiempo del Mundial de Sudáfrica y que por tanto durante dos años aquellos que dicen velar por nuestro bienestar han estado un poco dispersos y menos efectivos aún.

Pero huelgas aparte la noticia que me ha llamado la atención ha sido un breve de 2007. Adoro las noticias breves. Me encantan. Están situadas en el lateral de la página, de forma discreta, sin hacer ruido, sin brillar. Pero si les echas un vistazo y tienes paciencia en la mayoría de los casos se convierten en titulares. En el caso de esta noticia breve de 2007 tuvo una vida breve pero intensa. Bueno breve, breve tampoco.

Se trataba de que finalmente una postal navideña había llegado a su destino, nueve décadas después de salir de las manos de su remitente. Se trataba de la felicitación navideña enviada en diciembre de 1914 por una niña que residía en Nebraska a sus primos naturales de Arkansas. La postal se había perdido en el laberinto del tiempo y el espacio durante nueve décadas. Noventa años. Tela marinera. Si señor.

 La historia no es sino un dato más que tal vez aparezca entre las preguntas formuladas a los concursantes de algún programa de televisión de los que permiten ganar unos eurillos a los participantes. O tal vez sea incluida en alguna edición del famoso juego de sobremesa Trivial Pursuit.

Lo que realmente me ha llamado la atención es que en nuestro tiempo resulta poco menos que impensable e incomprensible. Estamos acostumbrados a la inmediatez, a la rapidez, a la información instantánea.
Hace pocos meses me vi en la necesidad de certificar una carta con carácter urgente. Una vez satisfecho el importe de la gestión la funcionaria de correos me entregó una pegatina con una clave y una dirección de internet que me permitía si así lo deseaba conocer puntualmente la localización de mi envío y de paso asegurarme que el servicio urgente era realmente urgente.

En 2012 la comida es instantánea, los mensajes de teléfono instantáneos, los emails instantáneos, las relaciones instantáneas, las citas rápidas, el ritmo de las ciudades acelerado, nuestro pulso desbocado, nuestra mente un torbellino. No nos damos un respiro. No sabemos disfrutar de las pequeñas cosas. No podemos perder el tiempo porque así ganamos tiempo y lo curioso es que cuando lo ganamos luego no sabemos que hacer con él.

Así que el hecho de que una carta llegase a su destino nueve décadas más tarde de lo previsto resulta poco menos que imposible de creer. Nos parece más el argumento de una novela de ciencia ficción que algo posible.

En este momento en este preciso instante en el que escribo esto, estoy tentada de redactar una nota, meterla en una botella y lanzarla al mar. Pero creo que no lo haré porque más que llevar a cabo un gesto romántico y rebelde contra la prisa estaría contribuyendo a contaminar el mar un poquito más.
 Y no me lo perdonaría. Porque cuando contemplo la luna llena reflejada en el mar, puedo sentir que el tiempo se ha detenido, que nada importa, que el espacio infinito me visita y que puedo flotar sin prisa, en calma, en paz.