Blog Urbano y de Vanguardia. La Pequeña Balboa, desde las ondas a las letras,
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Opiniones personales, la vida cotidiana. Ideas, reflexiones. Comunicación personal.

domingo, 24 de febrero de 2013

23 F-NUNCA MÁS. APOSTAR POR EL FUTURO. PORQUE ES NUESTRA HORA.


Yo tenía 15 años. Estudiaba bachillerato. Pertenecía a una generación que había nacido en los últimos años del Régimen, de la Dictadura. En casa no se hablaba de política. Con los años comprendí porque. En casa nunca se mencionó “la guerra”. En casa se trabajaba, mucho, se pasaban estrecheces, muchas y se respetaba el orden establecido.

La mañana de aquel día, fue como otras muchas mañanas de invierno. Mamá se fue a trabajar a las 05:30am, papá trabajaba en el turno de tarde en la fábrica y yo me enfrentaba a un nuevo día de estudio. Estudiar. Mi peor pesadilla. Bueno no del todo. Me gustaba estudiar, pero algunas asignaturas eran mi peor pesadilla. Yo era (y sigo siendo) de letras…historia, geografía, literatura…pero tenía que dedicar mi atención a mis bestias negras, matemáticas, física…

Cuando ahora lo recuerdo me resulta inevitable sonreír con ternura. Pobre adolescente, preocupada por los exámenes y las bajas calificaciones en materias que decían que eran importantes para ser alguien en la vida, para tener un buen trabajo, para conseguir un futuro provechoso.

La única que andaba de un lado para otro con el rumbo perdido era la abuela. La madre de mi madre. Al día siguiente su nieto favorito se incorporaba a filas, como parte de los cientos de jóvenes que cumplían anualmente sus deberes patrióticos. Y la abuela no estaba tranquila.

El día transcurrió lento y pesado. Muy lento. Muy pesado. Y por fin el reloj marcó el mejor momento. Las clases habían acabado. Por fin. Era una tregua. Llegaría a casa. Merendaría. Y me enfrentaría a tres horas más de estudio. Pero con más calma.

Llegué a casa y la abuela ya me había preparado la merienda. Como no estaba mamá, era una maravilla porque la abuela siempre era generosa e imaginativa y sabía que era lo que te hacía feliz.

He olvidado decir que vivíamos en una portería. En la portería de una finca que fue conocida durante años como La Escalera de Los Ricos. Así que ya os podéis hacer una idea de mi vida, de la vida de mi familia.

Éramos afortunados porque mamá le caía muy bien al propietario del edificio. Era un hombre peculiar. Lo había perdido casi todo durante la Guerra Civil. Pero a base de tenacidad y trabajo duro se recuperó. Para construir el edificio, necesitaba dinero. Y lo consiguió de una forma más propia de una película de aventuras que de la realidad.

Obtuvo el título de buzo civil. No me refiero a submarinista. Os hablo de un buzo, de los que llevaban pesas en la cintura, botas con suelas pesadas, un casco de metal y visor de cristal y un tubo largo para recibir oxígeno.

Le concedieron permiso para reflotar un barco hundido por un submarino que se hallaba cerca de la costa, trabajó duro durante días, logró su objetivo, vendió los restos del naufragio y consiguió el primer capital con el que volvió a los negocios.

Creo que ahora podéis haceros una idea de la vida de mi familia cuando digo que el trabajo era algo cotidiano. No sé si habéis visto algún capítulo de la serie británica Arriba&Abajo. Podríamos decir que es el precedente, la referencia principal para producciones posteriores del tipo Lo que queda del día.

La mayoría de las familias que vivían en aquel edificio, a excepción de una con la que nos unía verdadera amistad y por cuya mediación obtuvimos el empleo, de forma amable y condescendiente, te dejaban muy claro cuál era tu lugar en el mundo. Cuanto más alto subía el ascensor, más notabas la diferencia social.

En fin como os decía, la abuela se encargaba cada tarde de vigilar desde la cristalera de nuestra humilde morada las entradas y salidas de propios y extraños.

Luego llegaba mi turno después de merendar. Pero aquella tarde todo resultó distinto.

La abuela había conseguido calmarse un poco. Así que dijo que podía poner la televisión mientras merendaba. Lo curioso fue que en primer plano aparecía inmóvil como una estaca, Joaquin Arozamena que hablaba de “autoridad competente…” y de no se cuantas cosas que no logré entender. Porque lo que en realidad me preocupaba era que Arozamena no se movía como acostumbraba, cuando se encargaba del informativo de la tarde. No solo era peculiar su locución sino su incapacidad para estar quieto y relajado ante la cámara.

Aquella tarde era diferente. Arozamena no se movía, ni siquiera se movía su bigote.

A los pocos minutos recibí la llamada de una compañera de clase que cuidaba de sus hermanas menores en casa. Me contó algo sobre ráfagas de ametralladora, gritos y que todo lo había escuchado a través de la radio.

Lo había olvidado. Se trataba del debate de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como Presidente del Gobierno tras la dimisión de Adolfo Suarez el 29 de enero de aquel año.

Cuando colgué el teléfono volvió a sonar. Era mamá que llamaba desde el colegio municipal en el que trabajaba como limpiadora. La coordinadora había ordenado al equipo de limpieza, que dejasen el trabajo y volviesen a casa rápidamente. Ella había vivido la Guerra Civil y quería que todas las trabajadoras estuviesen en casa con sus familias. Mamá se había asustado.

Mientras la abuela había vuelto a sentirse mal. Y empezó a entonar un mantra particular: Otra vez no, por favor, otra vez no.

Y fue entonces mientras mamá volvía a casa, cuando la abuela me contó que cincuenta años atrás, España era una República y que luego hubo una guerra…y sus recuerdos se desataron.

Fue el 18 de julio de 1936 un día importante Córdoba capital porque es el día de Santa Marina de Agua Santa, una de las santas importantes de la ciudad.

En pocas horas las camisas azules de la Falange fueron la nota de color en las calles de la ciudad. Nadie sabía que pasaba. Pero todos intuían que las cosas no irían bien. Esta vez era distinta al momento en que el General Primo de Rivera se hizo con el poder.

Y las semanas les dieron la razón. La autoridad competente hizo responsables directos a los trabajadores de la compañía ferroviaria de cualquier incidente en las vías, cualquier perdida material o humana. Al parecer Córdoba era un enclave importante para que las tropas golpistas lograsen llegar hasta la capital, hasta Madrid.

Lo que pasó aquel 18 de julio de 1936 fue que los Salvadores de la Patria, no contaban con que una buena parte de la población ya no estaba por la labor, no necesitaba que les salvasen. El Pueblo había aprendido a expresarse, a decidir, a disfrutar de la libertad.

La Segunda República no fue un tiempo de vino y rosas. Había mucho que hacer. Pero lo cierto es que tampoco se le dio una oportunidad a los y las que la dirigían para lograr aciertos y enmendar errores.

Y por ello El Pueblo decidió plantar cara a los Rebeldes, a los Golpistas. Y por ello durante los tres años siguientes España fue un baño de sangre, el escenario en el que los aliados del General Franco pudieron experimentar, mejorar y corregir las armas que posteriormente llevaron la Guerra a escala mundial.

A partir de ese día, la abuela no dejó de hablar, de contarme, de decirme, de explicarme. Fue como abrir las compuertas de una presa. El torrente de palabras, frases, sentimientos, historias fue tal que todavía hoy parece que la escucho. Fue ella aquel día, fue el maravilloso Joan Bachs Piera quienes despertaron mi curiosidad. Y ahora a medida que leo y curioseo las publicaciones relacionadas con esa época, entiendo mejor a la abuela y comprendo la dimensión de sus palabras, las penurias de una generación, la sensación de pérdida constante, el exilio interior de muchos, el exilio exterior de otros.

A medida que las horas pasaban, con mamá y papá en casa, la radio fue la hoguera junto a la que la población se sentó para escuchar, para calmarse, para no perder la cabeza.

Los profesionales del momento lograron ponerse de acuerdo, dejaron a un lado protagonismos, centraron sus esfuerzos e informaron a los que estábamos lejos de lo que estaba pasando, de lo que podía pasar, de lo que no queríamos que pasara…otra vez.

La noche fue larga. Difícil. Extraña. La abuela me mantuvo despierta hasta que Juan Carlos I apareció en pantalla diciendo que no apoyaba el golpe.

Porque a esas alturas lo que pasaba ya tenía nombre. Golpe de Estado. Algo que suelen planear los que están fuera del poder cuando discrepan de los deseos de la mayoría.

Amaneció el 24 de febrero sin novedades aparentes, lo que ya en si era un alivio. Pero a pesar de que como dicen en Estados Unidos “la falta de noticias son buenas noticias”, la falta de noticias, el goteo de noticias, la calma tensa, era desesperante.

Como autómatas volvimos a nuestras actividades cotidianas convencidos de que si éramos buenos, si nos portábamos bien, despertaríamos de aquella pesadilla y todo seguiría igual. Pero no era así. La magia, el encanto, la ilusión, se había perdido. Ya no éramos inocentes. Ya no creíamos que todo sería mejor. En que el futuro sería brillante. En que los fantasmas del pasado ya no se levantarían de sus tumbas para asustarnos.

Se habían levantado. Bueno en realidad no se habían ido. No los habíamos enterrado. Nunca pasó. Fue una ilusión temporal. Únicamente se habían tomado un respiro de seis años. Y por fin habían vuelto a la luz, al primer plano. Reclamaban seguir siendo los protagonistas de la Historia.

Los profesores nos dieron un poco de tregua. Nuestra atención, habitualmente dispersa, lo estaba más aquella mañana. El director había permitido que un alumno, pudiese escuchar una pequeña radio de bolsillo. Aquel muchacho que habitualmente era molesto, grosero y poco considerado, estaba en silencio, quieto, como mucho suspiraba de vez en cuando. Era la primera vez que le veía en aquel estado. Estaba llorando. Me contó que en el Congreso de los Diputados estaba su tío, Ernest Lluch. El nombre de aquel político me sonaba pero no mucho. Ahora cerca de los 50 no puedo decir lo mismo.

Cuando llegamos a casa al mediodía, supimos que todo había acabado. Y pudimos ver por primera vez las violentas imágenes que habían convertido uno de los lugares más sagrados del país en un escenario de violencia y odio.

Las semanas, los meses siguientes, la situación del país fue un poco más estable. Pero todos fuimos conscientes de que algo se había roto y que necesitaríamos tiempo para superar el trauma.

Durante los años siguientes nos hemos convencido de que todo había sido una pesadilla y que la habíamos dejado atrás. Nada nos podía parar.

Ahora 32 años después las cosas no están bien. Nada está bien. Nada parece seguro o estable.

Nuestra sociedad necesita, debe replantearse muchas cosas. Lo cierto es que lo que sucede nos afecta a todos.

Lo que ahora nos afecta, preocupa o indigna, lo que ahora calificamos como autentica estafa, como una tomadura de pelo mayúscula, lo es.

Pero estamos a tiempo de rectificar de mejorar nuestra vida de reclamar nuestro lugar en el mundo.

Podemos hacerlo. Somos capaces. Tenemos la fuerza. Pero debemos ponernos en marcha.

Sin caer en provocaciones, sin violencia. Y sobre todo sin olvidar que somos EL PUEBLO, EL ESTADO.

Hay mucho que hacer y cambiar. Mucho.

Para empezar debemos exigir responsabilidades a los que nos han llevado a caer por este camino hacia el desastre y que parece no tener fin.

Podemos y debemos recuperar nuestra voz y nuestra fuerza. Nuestra dignidad y nuestra valentía.

Nadie nos puede decir lo que debemos o podemos hacer. Somos más maduros de lo que creemos. Más fuertes de lo que imaginamos. Más capaces de lo que creen los que gobiernan.

Si algo no nos gusta podemos, debemos decir NO. Son dos letras, solo dos letras que encierran la voluntad de cambio.

No podemos ni debemos tolerar más abusos de confianza, más pobreza, más indignidad.

Nos mecemos lo mejor, porque somos las y los mejores. Somos gente estupenda.

Durante 30 hemos vivido en cierta forma ajenos a nuestras responsabilidades. Son simples. Hacer cumplir nuestra voluntad a aquellos en los que depositamos nuestra confianza cada cuatro años.

No podemos, no debemos decir nunca más “es que no se puede hacer nada”.

Ellos nos han metido en este lío y ellos deben sacarnos de él.

Ellos han abusado de nuestra confianza y deben ganársela de nuevo trabajando duramente.

Ellos han demostrado que les importamos muy poco, que somos los medios que emplean sin piedad para obtener su fin. Enriquecerse.

Son paternalistas, clasistas, poco respetuosos. Toman lo que les apetece sin dar nada a cambio.

Y esa no es la forma de comportarse. Jamás.

Si hay que cambiar y reformar la Constitución debe hacerse.

Si hay que cambiar la Ley Electoral debe hacerse.

Si hay que reforzar e independizar la Justicia debe hacerse.

Si debemos plantar cara a un sistema económico que nos ha llevado al desastre debemos hacerlo.

Debemos evolucionar y debemos hacerlo ya. Es la hora, nuestra hora.

Quienes llegan al gobierno culpan a los que gobernaban anteriormente de cada fallo.

Quienes regresan a la oposición padecen una insultante amnesia sobre sus errores y se expresan como si nunca hubiesen tomado decisiones importantes, vitales, cruciales.

Todo puede ser reformado, mejorado. Pero ahora es el momento, el tiempo, el instante. Ahora o nunca.

Y lo primero que debemos hacer es coordinarnos, tomar las riendas. Recordar a quien deba recordarlo que somos mayores de edad, maduros, que cada decisión debe ser tomada POR EL PUEBLO, PARA EL PUEBLO Y CON EL PUEBLO.

A estas horas Italia está pendiente de los resultados de sus elecciones generales. Y el comentario más repetido es que “los comicios son cruciales, pero que sobretodo preocupan los resultados a los mercados, a los inversores”.

Bien, estamos todos en este barco. El barco mundial. El que puede avanzar o encallar en las rocas.

La decisión es nuestra. Siempre es nuestra. Nuestra y no de los “mercados”.

Que el miedo no nos pare, ni nos convierta en sus rehenes.

A por EL FUTURO que es nuestro, nos pertenece, nos espera.

 

jueves, 24 de enero de 2013

HOLA MAMÁ...TE QUIERO Y ESTOY ORGULLOSA DE TI







Hola mamá…

 

Hoy hace una semana y un día que ya no estás. Sabes, todo es muy raro. De pronto papá y yo tenemos tiempo para hacer cosas, para salir a la calle, comprar, hacer gestiones, sin agobios. Como dicen algunos “tenemos tiempo para vivir”.

 

Pero mamá… no sabemos qué hacer con ese tiempo que ahora nos sobra.

 

Bueno no seamos literales. Sabemos que hacer. Tenemos mucho que hacer, ordenar, limpiar, arreglar, reparar. Pero no sabemos cómo hacerlo.

 

Es como si el tiempo de pronto fuese de goma. Se estira, se alarga, es pegajoso, se cuelga de mis hombros y no me deja hacer nada.

 

Por lo demás estamos bien. De verdad mamá. No te preocupes. Estamos bien.

 

Bueno todo lo bien que se puede estar cuando has perdido el Norte de tu vida, la luz de tus mañanas, la música de tus días…

 

Te echo de menos, te añoro tanto. Es extraño no despertarte, darte besitos pequeños y cortos, no notar el calor de tu cuerpo…Es tan extraño no jugar contigo, no cogerte de la mano, no cantarte, no abrazarte, no poder mimarte…

 

Paso el día escuchando tu voz, tus ruiditos, tus pequeñas y variadas formas de hacerme saber que me necesitabas o que simplemente estabas bien, ahí, junto a mí.

 

Los dos últimos días los pasaste bajo los efectos de la morfina porque los médicos lo aconsejaron para que no sintieras tanto dolor.

 

Tus cuatro últimos días de vida fueron una agonía.

 

Después de pelear como una campeona, de superar crisis respiratorias, de adaptarte a tu enfermedad, Alzheimer, de ser la paciente ideal, dulce, agradable, simpática, divertida…alguien no hizo su trabajo y el capítulo final de tu vida ha sido duro y amargo.

 

 

Cuando los médicos te hicieron pruebas en la ambulancia y me dijeron que presentabas una arritmia claramente no diagnosticada, cuando el médico de guardia del pabellón del Hospital Clinic me dijo a la 1 de la madrugada de aquel domingo frío y lluvioso, que no tenía esperanza alguna en que superases la crisis, cuando me confirmó que el cuadro era de septicemia…no fui capaz de asimilar tanto dato negativo.

 

Y no supe asimilarlo, no quise porque no me parecía justo que tu vida acabase así.

 

Debo decir que en estos días has recibido por parte del personal del Hospital Clinic (4ª planta y Edificio Helios) y del Sagrat Cor de Barcelona (7ª planta) más atención, afecto y respeto del que te han prestado en los últimos años en tu Centro de Atención Primaria (CAP) de Barcelona.

 

En los tiempos que vivimos, extraños, politizados y miserables, la coartada para algunos comportamientos profesionales, son los recortes sanitarios.

 

Por fortuna la mayoría de los y las profesionales de la medicina en todas sus áreas, son personas ante todo que hacen milagros con un presupuesto mínimo.

 

Lo curioso mamá es que nuestra doctora de cabecera para otras familias es poco menos que una candidata a la santidad. Y no sabes cómo y cuánto me alegro.

 

Para nosotros ha sido siempre diferente.

 

Recuerdo aquella mañana de invierno fría y terrible en la que despertaste afectada de un virus intestinal. Como al parecer otros pacientes estaban peor que tú, que no podías ir al ambulatorio porque ya no caminabas, la doctora pasó consulta telefónica y me prescribió una lista de medicinas y consejos que dijo eran lo adecuado. Era viernes. Pasamos el fin de semana ocupadas en que no te deshidrataras y en que te sintieras mejor. Y lo lograste. Pero nadie llamó a casa a principio de semana para interesarse por tu estado.

 

En otra ocasión tus bronquios se despertaron poco colaboradores en la tarea de facilitar tu respiración. Solicité una visita domiciliaria para que alguien valorase tu situación. La doctora, que los jueves los dedica a visitas domiciliarias, llamó a casa y me dijo “que si realmente yo consideraba necesaria la visita y la valoración”. Ya sabes lo que le respondí. Cuando una hora después vino, podía escuchar tu respiración, como luchabas por cada bocanada de aire, desde la puerta de entrada.

 

Hace un tiempo aparecieron en tu piel las primeras y temidas heridas, las llagas, propias de los y las pacientes que ya no caminan y pasan un tiempo en la cama.

 

Algunas fueron cicatrizando y aparecieron otras nuevas.

 

Tu enfermera, la verdad es que dentro de sus posibilidades se ha portado bien. Es buena profesional y muy maja. Pero donde manda patrón no manda marinero. Es decir, que una enfermera puede ver las cosas con claridad meridiana, puede ser una gran profesional, pero como no cuente con la autorización de un médico de una médica, no podemos hacer nada.

 

Así que a nadie se le ocurrió pedir una analítica, un hemograma completo para ver cómo estaba tu sangre, a nadie se le ocurrió pedir un cultivo de tejido para saber que pasaba con la herida que no cicatrizaba…

 

El Viernes 4 de enero de 2013npasé más de una hora llamando a la 4ª planta del ambulatorio. Tú estabas en mis brazos. Quemabas. La fiebre te quemaba. Te quejabas. Tú que has pasado por quirófano 37 veces en tu vida y has sido dura como la piedra te quejabas.

 

Al final alguien se dignó a atender el teléfono, me pasaron con tu enfermera, está como siempre me escuchó y me dio soluciones.

 

Enviaría a una compañera que se había ofrecido a atenderte.

 

Cuando aquella enfermera llegó a casa, ya traía una receta de antibióticos. Los más potentes dijeron. Se preocupó porque tu herida hedía, despedía mal olor…no era una buena señal.

 

Por lo visto alguien sugirió al médico de guardia, el que firmó la receta que se podía hacer un cultivo de tejido para saber más del problema. Por lo visto, presuntamente, me cuentan anónimamente que no le pareció necesario. Representaba demasiado gasto y demasiado tiempo. Y claro en tu caso…

 

El jueves siguiente, la fiebre había remitido ligeramente. Tu enfermera te visitó en casa. La herida estaba mejor. Son cosas que pasan, ya se sabe en estos casos…

 

El viernes por la mañana fui al ambulatorio para recoger material para curas. La enfermera sugirió a la doctora administrarte una nueva tanda de antibióticos. Su respuesta fue clara “no era necesario porque la infección había remitido y otra caja de antibióticos podía chafarte…”

 

Pasaste la noche intranquila. Te quejabas. Tenías fiebre.

 

El sábado a las cinco de la tarde entraste en shock.

 

El servicio de emergencia del 061 tardó solo cuatro minutos en llegar a casa.

 

Oxígeno, monitores, paciencia, amabilidad…necesitabas de inmediato ir al hospital.

 

Te bajaron hasta la ambulancia. Cerraron las puertas. Yo me senté delante.

 

El vehículo no arrancaba. Estaban haciendo un electrocardiograma. “¿Sabe usted que su madre tiene una arritmia no diagnosticada?”

 

Pues no. No lo sabía. Nadie te había hecho un chequeo desde hacía años.

 

Porque eras una paciente frágil, porque en tu caso, son cosas que pasan ya se sabe.

 

Luego me enteré que habías llegado al hospital con el corazón latiendo 155 veces por minuto.

 

Son cosas que pasan.

 

En menos de un minuto decidieron que ibas a urgencias.

 

Allí se pusieron las pilas: analíticas de sangre y orina, electros…todo.

 

Luego a la una de la madrugada te pasaron a un pabellón, tranquilo.

 

Y el tiempo se paró para mí. Aquel era el último capítulo que escribiríamos juntas. Y era más que probable que fuese duro.

 

Lo único que me aseguraron era que no se rendirían y que en caso de que no superases la crisis, te ayudarían a estar confortable, cómoda, tranquila. Estábamos de acuerdo.

 

Al día siguiente te trasladaron al Sagrat Cor. Eran las 11:30am del domingo.

 

Te costó relajarte. Después de 13 años tranquila y arropada, habías subido a dos ambulancias, cruzado la ciudad dos veces, escuchado sonidos fuertes y soportado luces brillantes.

 

Finalmente lo lograste. Los amigos y las amigas empezaron a llegar. Ordenada, silenciosamente, con una sonrisa tierna y mucho amor.

 

La primera noche fue relativamente tranquila.

 

Llegó el lunes. No mejorabas. La tarde fue difícil. Por la noche la doctora de guardia, me dijo que no había esperanza para ti. Aconsejaba morfina. Tu decidirías cuando irte, cuando descansar. Pero por lo menos, que menos, debíamos procurar que tus últimas horas fuesen suaves.

 

Estábamos de acuerdo. Alargar más tu estado, intentar una cura imposible, era simplemente un acto de egoísmo y crueldad.

 

Ya me conoces, no estaba preparada para dejarte ir. Nunca estamos preparados, por mucho libro de autoayuda y demás filosofías del nuevo milenio, no se está preparado para despedirte de la persona a la que amas.

 

Pero debes hacerlo. No tiene sentido alargar la agonía de alguien a quien dices amar.

 

Papá estaba de acuerdo. Por primera vez estábamos de acuerdo en algo. Bueno por primera vez no. Siempre que se ha tratado de ti hemos estado de acuerdo en todo.

 

Esperaste dos días más para marcharte.

 

Esperaste a que el miércoles 16 de enero de 2013 yo regresara al hospital después de pasar por casa para ducharme, para irte.

 

Y lo hiciste en mis brazos, mientras te daba besitos pequeños y suaves en la cara y te decía que te quería.

 

No era necesario hablar más. Ya habíamos hablado la noche anterior.

 

Te dije que si decidías que querías descansar lo comprendería, que papá y yo estaríamos bien. Pero que si decidías que no estabas preparada que necesitabas unos días más, estaba bien. Tú mandabas.

 

Al final decidiste descansar. Suavemente. Como solo tú podías hacerlo.

 

 

No me parece justo mamá. Oh no me refiero al hecho de que te hayas ido. Es ley natural. Un día también yo dejaré esta tierra de locos.

 

Lo que no me parece justo es como has pasado tus últimos días.

 

Tal vez aunque te hubiesen prestado atención, aunque te hubiesen practicado un cultivo de tejido aunque te hubiesen prescrito una medicación adecuada, todo hubiese sido en vano.

 

Pero, nunca lo sabremos. Porque no se hizo. Porque aunque resulte imposible de creer, en la Barcelona del 2013, en la Barcelona de la Globalización y la modernidad, una paciente puede fallecer de septicemia, como si hubiésemos retrocedido a la Edad Media, como si el Doctor Alexander Fleming no hubiese descubierto los efectos del hongo Penicilinum, de la Penicilina en algunos procesos infecciosos.

 

No pienso iniciar una causa judicial, exigiendo responsabilidades. En primer lugar no puedo porque el Ministro de Justicia, Señor Ruiz Gallardón ha reformado, retocado y tuneado el tema de las tasas judiciales de tal forma que los que somos pobres de rigor y necesidad, no contamos con el amparo de la Justicia.

 

Pero tampoco lo haría porque un proceso judicial no me devolvería a quien más quiero. Una indemnización no curaría mis heridas y mi pena.

 

Lo único que espero y quiero es que esa luminaria de la medicina que ejerce como doctora de cabecera hile más fino y no se deje a más pacientes en el camino.

 

Lo único que espero y quiero es que el jefe de planta organice un poquito su casa.

 

Lo único que espero y quiero es que las administrativas que atienden los teléfonos de la planta cumplan con su trabajo.

 

Y si la realidad es que andan todos desbordados porque los recortes económicos les impiden ejercer su profesión, mezcla de vocación y ciencia, de forma adecuada y respetuosa para los pacientes y para ellos mismos, que se planten de una puñetera vez, que sean valientes y digan basta.

 

Pero por desgracia nuestra familia nunca ha llegado a la consulta en el día o el momento adecuado.

 

Una lástima porque le aseguro que somos majos. De verdad.

 

Mis padres al igual que todos vosotros han pagado con su esfuerzo unos impuestos de forma consciente y gustosa, con la esperanza de recibir una atención sanitaria y social adecuada.

 

Por cierto mamá, desde el momento en que llamé al ambulatorio desde el hospital para darles las gracias por nada, no han dejado de llamarme.

 

Ahora papá puede ir a curarse las piernas si lo necesita y si es necesario nos visitaran en casa o nos darán apoyo para superar la perdida.

 

Ah y ayer cuando se cumplía una semana de tu muerte llegó una carta del ministerio diciendo que aumentaban tu pensión. Ha sido como cuando el ex ministro Caldera ( el que ahora tiene que despedir a una colaboradora que cobraba por publicar pero que al parecer no existe) te envió una carta del IMSERSO para que disfrutases con papá de un viaje a un balneario.

 

 

Por cierto en los últimos días anda el mundo revuelto porque un señor que se llama Taro Aso, de 72 años y ministro de finanzas de Japón, ha dicho que las personas mayores deben darse prisa y morir para evitar gastos al Estado en su atención médica.

 

Por lo visto este señor ya se había pronunciado al respecto en 2008.

Al menos Taro Aso ha sido honesto y ha dicho lo que piensa.

El resto del mundo aunque opina lo mismo se muestra escandalizado.

La sociedad actual se ha convertido en un acelerador del proceso de selección natural darwiniano aterrador.

Hoy la excusa son los recortes económicos mañana…no lo se…Lo único que se es que los únicos que se benefician son los de siempre. Los que nunca tienen suficiente dinero, ni estafan suficiente, ni se sienten satisfechos y quieren más y más…

Hoy te ha tocado a ti mamá…pero hay muchos más como tu…espero que tengan mejor suerte.

 

Te quiero y estoy muy orgullosa de ti.