Blog Urbano y de Vanguardia. La Pequeña Balboa, desde las ondas a las letras,
comprometiéndose con la actualidad , con los problemas sociales y con el día a día.

Violencia de género, Niños robados, Injusticias sociales,
La realidad de los pensionistas, El Alzheimer
como la gran lacra de la sociedad, Ley de Dependencia...

Opiniones personales, la vida cotidiana. Ideas, reflexiones. Comunicación personal.

domingo, 6 de octubre de 2013

LA VIDA ES UN CARNAVAL


 
 
 
Los 80

Han pasado cuatro años pero no logra recuperar el centro, el equilibrio de su vida. Desde aquella noche hasta esa misma mañana ha pasado cuatro años rodeada de la oscuridad más absoluta.

Una oscuridad densa, pesada, que la arrastra en caída lenta a través del abismo e impide que toque fondo.

Se ha impuesto una norma muy sencilla, de la que no se aparta ni un milímetro. No pensar. Se levanta temprano, sin haber dormido ni un segundo en toda la noche, se ducha, desayuna, se maquilla y se viste. Trabaja en el negocio familiar por la mañana. Estudia por la tarde. Regresa al negocio familiar por la noche. Se ocupa de la contabilidad. Regresa a casa con sus padres. Cenan. Y se acuesta.

Pasa la noche con la mirada fija en el techo. No cierra los ojos. No puede, no debe porque si lo hace lo ve todo otra vez. Con el alba todo empieza de nuevo.

No pensar. No pensar. No pensar…es su oración. Dos palabras que la mantienen a salvo. Que evitan que caiga más bajo.

Si olvida entonar su mantra en algún segundo del día, lo único que se plantea como una ecuación imposible de resolver, es como quienes la rodean creen que está viva, cuando ella sabe que está muerta. Seca, muerta… sin alma.
 






Los 90

Ha llegado a casa de madrugada. Está muy cansada pero ha valido la pena. Dos entrevistas y un artículo muy bueno. Aprende deprisa y toma nota mental de todo lo que ve a lo largo de la jornada.

Trabaja todas las horas del día y de la noche de lunes a domingo. Come a deshoras y fuma en exceso.
Ha aumentado de peso e inexplicablemente se siente a salvo.

En ocasiones se descubre añorando un piropo o una mirada de reconocimiento por parte de los hombres que la rodean, pero es solo un instante fugaz. Esos kilos de más, la falta de atractivo, la hacer sentir a salvo.

Sabe que es invisible para el ojo masculino. Ella ahora es la colega, la camarada, la confesora, la tía de las risas y las bromas. No es atractiva, no es guapa, no es hermosa, no es nada de lo que un día pudo ser. Pero está a salvo. Y seguirá así hasta el fin de sus días.

Se echa sobre la cama sin desnudarse. Está muy cansada. Intentará dormir. Ahora puede. Tal vez no descanse mucho pero duerme un par de horas cada día. Es suficiente.
 
 

Finales de los 80

Ha encontrado un pequeño agujero en el tiempo que la ayuda a no pensar. El teatro. Ha asistido a algunos cursos de voz y le gusta cómo se siente cuando empiezan las clases. La voz. Su voz. Desconocida hasta entonces y ahora compañera e instrumento de trabajo.

También se ha inscrito en algún curso de teatro para principiantes. Ser otra persona, no ser ella, le relaja, le hace sentir tranquila y equilibrada. Cuando la clase finaliza el universo de nuevo se convulsiona y la devuelve a la realidad. Pero por unos instantes ha visto como es la vida cuando no has tocado fondo.

La profesora de voz la ha animado a presentarse al examen de ingreso de la Escuela Oficial de Teatro. Le da vértigo y se marea cuando piensa que la fecha del examen está cada vez más cerca. No quiere ilusionarse pero está confiada. La opinión de la profesora la anima a seguir.

El día del examen está inexplicablemente serena. En un pasillo centenares de candidatos y candidatas intentan no perder los nervios mientras.

Ahora está de pie ante cinco profesores que la observan atentamente. Entre los miembros del tribunal ha reconocido a la profesora de voz que la animó a dar ese paso. La mujer esquiva su mirada y clava los ojos en los formularios que tiene delante. El resto de los profesores le formulan preguntas sobre su formación anterior, los motivos que la llevan a presentarse al examen…

Le indican que puede empezar su prueba. No está nerviosa. Se concentra. Respira y empieza a actuar.

Acaba el texto. Se hace un silencio incómodo. El profesor que al parecer preside el tribunal le dice que aunque su trabajo ha sido aceptable, su dicción y otros detalles técnicos no están a la altura del centro.

Reconoce la sensación de inmediato. El rechazo. Su oportunidad de se le escapa de las manos. Se arma de valor.

Educada pero firme les responde. Está allí para aprender, en caso de ser admitida. Y si eso significa trabajo duro no solo en interpretación sino también en otras áreas, lo hará. Pero lo que no comprende es como la profesora C. presente en la sala la animó un mes antes a dar ese paso y ahora resulta que ha perdido su talento.

Silencio de nuevo. Recoge el texto y su bolso. Con serenidad, con dignidad. Les desea buenas tardes y se marcha cerrando tras de sí, con suavidad la puerta de la sala.

Cuando sale a la calle, sabe que al cerrar aquella puerta ha dejado atrás sus sueños.

No es la primera vez. Y sabe que no será la última. En el fondo está convencida de que es una perdedora.

Octubre de 2013

Cuando recuerda la campaña mediática que afirmaba que en 2012 acabaría el Mundo según una predicción maya está segura de que este antiguo pueblo precolombino era un poco chapucero en matemáticas, como ella. No es que esté segura, es que está convencida porque parece que el fin del Mundo ha llegado con un año de retraso.  

Ha aprendido que lo mejor es no pensar en que las cosas “no pueden ir peor” porque en su caso, seguro que irán peor. Así que lo más práctico es no esperar nada y tratar de resolver los problemas a medida que se presentan.

Resulta más cómodo y le permite ahorrar energía mental. Vive al día. Literalmente. Hace un año que perdió su trabajo, nueve meses que perdió a su madre, siete meses que perdió su plan de pensiones y en un mes perderá la prórroga por desempleo que consiste en un chiste administrativo, 63 Euros al mes.

Sin olvidar que no tiene futuro, porque es mujer, no ha cursado estudios universitarios, está muy cerca de los 50, no tiene familia propia, sus antiguos jefes no cotizaron lo suficiente por ella en la seguridad social y gracias a la nueva legislación laboral no tendrá derecho a una pensión cuando llegue lo que algunos denominan “la edad dorada” o que su aspecto físico no es el requerido para que la tengan en cuenta en los procesos de selección de personal.

Nunca ha sido bonita. Ni guapa. Ni hermosa. Ni atractiva. Hace tiempo que superó el tema. Es como es y punto.

Pero a pesar de sus convicciones, el mercado laboral se nutre de apariencias. Y la suya no es de catálogo.

Ha pasado medio día ocupada en lo que denomina “captura laboral” que se podría traducir como envío sistemático de curriculums, y la otra mitad comprobando como en menos de una hora su envío es rechazado.

Está preparando la cena cuando suena la alarma que le indica que le han enviado un whatsapp. Se apoya en el mármol de la cocina y consulta la pantalla del móvil. Una de sus amigas le pregunta su conoce a B.P.

La pregunta le resulta tan extraña que decide llamar a su amiga. Ella contesta al primer tono. Se saludan.

Su amiga le formula de nuevo la pregunta. Por su tono de voz está entusiasmada.

“Claro que conozco a B.P. es una gran actriz, una profesional de nombre, ¿Por qué? “ “He pasado la tarde con ella…charlando y resulta que te conoce” “¿A mí?” “Si…te conoció hace…a ver…el día en que os presentasteis a la prueba de ingreso de la Escuela Oficial de Teatro” “Pero de eso hace casi treinta años… ¿y se acuerda de mí?” “Si…y te ha descrito como una pelirroja preciosa, de cuerpo grande y atractiva y por lo visto tu talento la impresionó” “¿Pelirroja? Pero eso es…bueno es del tiempo de la nana…ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me teñí el pelo” “No importa…dice que nunca comprendió porque no te admitieron…pero al final…lo logró” “Ah…vale…pues nada ilumíname” “Por lo visto…ese día os presentasteis cuatro chicas de las mismas características…altas, robustas, pelirrojas…bueno tu teñida…jajaja…y al parecer” “No sigas yo era la alta que sobraba” “Pues si…eso parece…y como ella era menudita y…” “No digas más…a ella la admitieron…sin olvidar que tiene mucho talento, porque su fama es merecida…” “Pues si” “Ya pero hay algo más ¿verdad?” “Siii … verás… el sábado por la mañana…”

 
 

FINAL (O NO)

He pasado la mañana de este soleado sábado con mi amiga y un grupo de gente de todas las edades reunidos en una preciosa casa antigua …sentados en círculo, escuchando a B.P. una estupenda profesora y magnifica actriz.

El destino, el karma, la vida…me han dado una nueva oportunidad.

En primer lugar he descubierto el posible motivo por el que me rechazaron en una institución oficial.

Si el criterio de admisión no se basaba exactamente en el talento o los conocimientos sino en aspectos tan subjetivos como el físico de la candidata o el candidato… creo que será oportuno parafrasear a Groucho Marx cuando dijo que nunca formaría parte de un club que le admitiese a él como socio.

En segundo lugar aprenderé cosas nuevas, mejoraré mis conocimientos…y por encima de todo disfrutaré de cada instante de los próximos sábados hasta que llegue el verano de 2014.

Y mientras aprendo y recupero los últimos 30 años  y aunque tal vez llegue el fin del mundo…esperaré que la vida me traiga el regalo que me falta…alguien a quien amar y que me ame…a pesar de mi físico, mis momentos de caos creativo o mi lista de muchos defectos y escasas virtudes…

Definitivamente la vida últimamente es un auténtico desastre, pero hay que reconocer que en ocasiones se marca auténticos detalles.

sábado, 5 de octubre de 2013

AFRICA-EUROPA//MEDITERRÁNEO-LAMPEDUSA-SICILA


 
Le ha llevado su amigo porque es quien tiene el contacto con esa gente.

Aunque son las doce del mediodía, el sol es abrasador y la luz cegadora en el exterior, en el interior del local todo está oscuro.

Al fondo, al final de un pasillo, una puerta se abre y se cierra cada media hora. Una puerta por la que entran algunos de los que esperan sentados a las mesas sucias y viejas del local.

Está sudando y eso le convierte en objetivo de las moscas que zumban sorteando motas de polvo y olores rancios.

Intenta pasar desapercibido. No quiere que los que le esperan se enfaden y le dejen en tierra.

La puerta del final del pasillo se abre de nuevo y sale una mujer joven, lleva a un niño de la mano. Cuando pasa por su lado se da cuenta de que está embarazada. El niño, lleva un osito de tela cogido de un brazo.

Un tipo alto, fuerte, robusto con un cuello tan grande que le recuerda el de los bueyes que emplean en su pueblo para arar la tierra llega a su mesa.

No le habla, se limita a señalarle con la cabeza e indicarle que se levante.

Le acompaña a la puerta del final del pasillo. Se detienen y el hombre fuerte golpea suavemente la puerta con los nudillos. Alguien desde el interior ordena que pasen.

La habitación es un almacén reconvertido en despacho. Sobre las paredes se amontonan cajas de bebida, estanterías sucias y herrumbrosas repletas de latas de carne y fruta en conserva, que acumulan polvo y cuya fecha de caducidad está más que pasada.

En el centro una mesa atestada de papeles y un hombre sentado fumando un puro. Con un gesto preciso le indica que se siente. Y él obedece. Se siente como un roedor ante una serpiente.

Él saca de una bolsa de plástico un sobre abultado. Contiene sus ahorros, los ahorros de parte de su familia, su último sueldo.

El hombre lo coge y lo abre. No lo cuenta. No necesita hacerlo porque sabe que no le engañará. Si lo hiciese, él y todos los que han participado en la colecta para obtener una cifra de dinero tan elevada, estarían muertos antes de que el hombre del despacho acabase de chasquear los dedos.

El hombre del despacho cierra el sobre y se lo entrega a “cuello de buey” que se ha situado detrás como si fuese un guardaespaldas.

“Cuello de buey” lo deposita en el interior de una caja fuerte situada en una de las paredes.

El hombre del despacho le entrega un papel y le dice que se aprenda lo que hay escrito de memoria y luego queme el papel. Si alguien ve el papel, si ese papel acaba en manos de la policía, perderá su dinero, se quedará en tierra y morirá.

Otro gesto preciso y “cuello de buey” sale de entre la sombra y le acompaña a la salida, por el pasillo, regresan al bar y allí se repite la coreografía. En esta ocasión es otra mujer la que capta la atención del guardaespaldas.

Cuando sale , el sol le ciega, no ve bien. Parpadea con rapidez, se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano y cruza la calle con cuidado. En la terraza de otro local, su amigo le espera. Se sienta y pide un refresco. Le da las gracias por ponerle en contacto con el hombre del despacho. Charlan animados. Esta noche cenará en casa de su amigo. No puede pagar un hotel, una pensión. Y si duerme al aire libre la policía puede detenerle. Por eso su amigo le ha invitado a cenar y dormir en su casa.

La cena ha sido agradable. La esposa de su amigo es una buena cocinera y una mujer encantadora. Su amigo le ha prestado ropa limpia y la mujer ha lavado y tendido la suya para que pueda ponérsela.

No puede dormir en toda la noche. El canto de los grillos le parece más fuerte, el olor de las flores más intenso, la luz de la luna másbrillante. Poco antes del amanecer se queda dormido. Con una palabra en los labios, futuro.


 
 
Hace frío, mucho frío. Y no hay luz. Es luna nueva. Se ha escapado de la bodega. Él y casi doscientos más viajan hacinados en la bodega del barco.

Son los que menos podían pagar al traficante por el viaje. Los que más pagaron han viajado en la cubierta de aquella cafetera. La mayoría no sabe nadar, nunca vieron el mar antes del día en que empezó la ruta al infierno. Entre los que viajan en cubierta reconoce a la mujer que vio en el bar y con ella está el niño que sigue abrazado al osito de tela.

Hace horas que deberían haber visto la costa de Sicilia. Pero el motor se paró justo cuando empezaba a anochecer. Por el frío que hace, que se le ha metido en los huesos, calcula que la madrugada está muy avanzada. Probablemente el sol no tardará en salir. Si mantienen la calma y el barco resiste un poco más, tal vez les vea alguna embarcación de pesca y dé la alarma.

El capitán de aquella ruina flotante ronca profundamente. Como cada noche, se ha emborrachado. Y por eso como cada noche él ha aprovechado para escaparse de la bodega.

Uno de los pasajeros privilegiados le ha reconocido y en silencio con un movimiento de cabeza le invita a que se siente junto a él.

Se conocieron el primer día del viaje. El día en que empezó la pesadilla. A pie, atravesaron el continente. Caminaron de noche y se ocultaron de día. Los más fuertes ayudaron a los más cansados.

A medio camino se les unió un grupo de individuos que no dejaron de molestar a las mujeres. No les importaba si estaban embarazadas. Las acosaban como depredadores que persiguen e intentan cansar a la presa. Un día cuando amanecía y se acercaban al lugar en el que descansarían hasta que llegase la noche, se percató de que una de las mujeres y su hijo no estaban en el grupo.

No hizo preguntas pero aguzó el oído. Y en las noches siguientes mientras caminaban por el desierto, escuchó palabras, las recogió, las hilvanó y pronto tejió la historia que faltaba en el grupo.

Los depredadores habían apartado a la presa y la habían matado no sin antes someterla a todo tipo de abusos y torturas. El hijo de la víctima intentó defenderla, pero era tan pequeño, tan débil que lo quebraron como a una ramita seca.

Cuando acabaron echaron los cuerpos a un pozo en el que descansaban las victimas de otros viajes.

Tardaron más de dos semanas en llegar al puerto donde les esperaba el barco y allí pasaron otra semana, escondidos en almacenes abandonados. Ni la policía ni el ejército pasaban por allí. Era obvio que sabían lo que pasaba y era más obvio todavía que todos ganaban mucho con aquel tráfico de almas y sueños.

Finalmente subieron al barco y comprendieron que no sería fácil llegar a su destino. Que muchos morirían en alta mar, que muchos más llegarían a tierra pero serían capturados, que otros tantos deberían luchar como nunca lo habían hecho para sobrevivir en una tierra hostil.

El hombre de cubierta le despierta. Está asustado. Habla deprisa. Él cree que el capitán ha descubierto su escapada. Pero no es por eso. En cubierta se ha desatado otra vez el infierno. El fuego consume rápidamente aparejos y otros materiales.

El capitán ha despertado de golpe de su borrachera.

Aunque no saben nadar la mayoría se lanza al agua. El agua negra y fría se los traga.

Todavía no ha saltado. Intenta bajar a la bodega y ayudar a sus compañeros para que salgan a cubierta y tengan alguna posibilidad de sobrevivir.

El fuego no se apaga. El barco se mueve como si estuviese en medio de una tempestad pero el mar está en calma. Es el terror de los que no han tenido el valor de saltar al agua.

Cerca ven luces rojas y blancas que dibujan siluetas. Son barcos de pesca. Pero por más que griten, por más que el fuego pueda verse claramente, nadie les hace caso, nadie se acerca, nadie les presta ayuda.

Cuando el fuego ha ganado la partida, el barco empieza a quejarse. Es un sonido espantoso que sobresale incluso por encima del coro de lamentos y terror que forman los que luchan por su vida en el agua.

El barco ha empezado a hundirse. Él no sabe nadar. Él sabe que esa es su última noche en la tierra.

La madre y el niño que sigue aferrado al osito de tela están en un rincón paralizados de terror.

En un último instante de lucidez agarra un trozo de madera y coge al niño y lo ata con un trozo de cuerda que ha resistido al fuego. El barco se ha hundido tanto que nota el agua a la altura de la pantorrilla. Deposita al niño en el agua e intenta impulsar la madera para que se aleje del barco.

Los gritos y lamentos van cesando lentamente. La madre del niño le mira y ambos asienten. No dejan de mirar la madera que se aleja con el niño atado. Para ellos es el final, pero para él con un poco de suerte puede significar el futuro.

Las primeras luces del alba muestran a las tripulaciones de los patrulleros una visión difícil de olvidar. Cuerpos que flotan. Restos de madera. Una mancha de combustible.

Es la suma de instantes de terror congelados en el tiempo. Muchos hombres. Varias mujeres. Algún niño.

Empiezan las tareas de rescate. Agarrados a algún madero o alguna pieza del barco, encuentran a más de 80 supervivientes. Les suben a bordo les llevan a puerto. No hablan, están helados, la mirada perdida y muerta. Los sanitarios les examinan. Otros voluntarios les ofrecen mantas y líquidos calientes.

Los siguientes equipos de rescate ya no traen supervivientes. Solo bolsas herméticas que contienen cuerpos sin vida, sin sueños, sin memoria.

A media mañana la tripulación de una patrullera, escucha un golpe sordo en el costado del barco. Cuando acuden a ver que sucede, descubren asombrados, que es un madero, al que alguien ha atado a un niño de corta edad, tres o cuatro años. Está inconsciente.

Con cuidado izan el madero y lo depositan en cubierta. Desatan al pequeño y le llevan al camarote del capitán.

El sanitario de la patrulla confirma que el niño está débil pero vivo. Le aplican oxígeno, buscan una vía y le colocan un catéter para empezar a hidratarle con suero.

Desde la sala de comunicaciones, informan al puerto del hallazgo.

Las autoridades rápidamente lo comunican a los que participan en las tareas de identificación de vivos y muertos.

Se hace el silencio. Un sollozo desconsolado que se transforma en llanto profundo rompe el instante.

Es la alcaldesa del pueblo que ha participado desde el primer momento en las tareas de rescate.

Su resistencia, su fuerza como líder, la necesidad de aparentar eficiencia ante el grupo, se ha roto.

Porque han encontrado a un niño, vivo.

Nadie dice nada, nadie puede hablar.

Solo se atreve un viejo pescador. “Bueno no han sido los primeros. ¿Recordáis 2009? También eran muchos” escupe al viento y continua “el día que estas pobres almas decidan salir a la superficie, podremos llegar a África a pie. Son demasiados, demasiados…” y se aleja del puerto con paso cansado e irregular. Lleva tanto tiempo en el mar que no sabe andar en tierra firme.

Se aleja murmurando “son demasiados, demasiados…y a nadie parece importarle…ahora todos se rasgaran las camisas y hablarán de estos pobres durante unos días…y luego…nada…a  esperar el próximo desastre…son demasiados, demasiados…”

EPILOGO

El sábado 5 de octubre de 2013 la prensa informaba que...

Mientras los muertos se amontonan en un puerto de la isla italiana de Lampedusa y los supervivientes no pueden, no podrán olvidar la tragedia, la Europa de la Colonización levanta la cabeza por un instante.

El viernes 4 de octubre de 2013 el Primer Ministro italiano Enrico Letta anunció solemnemente que los muertos (por el momento 58 hombres, 49 mujeres y 4 niños) recibirían la nacionalidad italiana.

Les han asignado un ataúd, un número (ha resultado imposible identificarles) y un trozo de tierra consagrada en los cementerios de Sicilia. Descansaran en paz. Eso si, como italianos, como europeos.

Los supervivientes adultos, 114, se enfrentan a un delito de inmigración clandestina, que puede ser castigado con una multa de hasta 5.000 Euros y la expulsión del país.
 
Algunos pescadores que si acudieron a socorrerles, también se enfrentan a penas serias tras la aprobación en 2002 de una ley, por insistencia de La Liga Norte, que califica estas acciones de socorro como complicidad "de la inmigración ilegal".


El ayuntamiento de Roma anunció que dará cobijo a los 155 supervivientes.

Pero aun quedarán más de 1.000 que llegaron a Lampedusa un día antes del naufragio. Viven en el centro de detención, hacinados en barracones, situados en el extremo opuesto de la isla al que los turistas acuden para disfrutar del sol.

Los habitantes de Lampedusa desfilaron con una cruz construida con restos de un naufragio y han hablado claro a los políticos: "Todos sabéis que habrá más muertos. Así que los próximos os los llevaremos a las puertas del Parlamento. Nosotros queremos acoger a los inmigrantes vivos no muertos"

La alcaldesa Giusi Nicoli escribió a la Unión Europea: "¿Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla?".

En los últimos 20 años se calcula que más de 8.000 personas han muerto frente a Lampedusa.

Escultura submarina, en la Isla de Grenada, en honor a los antepasados de los habitantes de la isla que fueron lanzados al mar desde barcos negreros durante la mitad del llamado Holocausto Africano.
 

viernes, 4 de octubre de 2013

LA PRIMERA CITA. LA PRIMERA SONRISA...EL DESEO


Las primeras citas son complicadas. Extrañas. Una prueba para los nervios y la paciencia.

Pero resultan absolutamente excitantes. La sensación de vértigo, el repentino estremecimiento como si te hubiese rozado una brisa inesperada.

No sabes que decir o hacer, ni cómo comportarte o causar buena impresión. No quieres hacerte demasiadas ilusiones pero no puedes evitar que tu mente genere miles de ideas por segundo o que tu corazón se desboque de tal forma que parece que los que te rodean escucharán como late.

Los momentos previos son una verdadera tortura. Una agonía. No importa tu edad o tu experiencia en la vida. No estás preparad@ para ello.

Llega el momento… y te corriges  “se natural, calma, no hables deprisa, deja que él hable … te has reído muy alto... ¿ porque susurras? despacio bebe más despacio o te atragantarás y empezarás a toser…

Hasta que mandas a la porra a tu histeria y dices “relájate y disfruta, probablemente no quedemos otra vez”…

Así que el sentido común dice que seas natural. Tratar de ser quien no eres no es la mejor carta de presentación.

Te relajas, no del todo porque sigues en tensión, pero si lo suficiente como para que tus pupilas recuperen su tamaño natural y tus ojos por fin te permitan contemplar a quien probablemente lo esté pasando igual de mal que tú.

Es agradable escucharle. Cuenta las cosas de forma divertida, natural, te hace reír. Sueltas una carcajada y él sonríe. Y tu corazón se detiene. Es la sonrisa más hermosa que has visto nunca.

Esa sonrisa ha relajado su cara. Es agradable…es…si…muy agradable …es atractivo…la mirada intensa…y la sonrisa. Quieres hacer otro chiste, para que sonría. Te has quedado prendida de ese instante y quieres que se repita.

Miras el reloj con disimulo. La cita está a punto de acabar. Él te dice “¿tienes prisa?” y tu respondes “no pero como dijiste que a esta hora tenías que irte” “No, no tengo que hacer nada importante, lo dije por no aburrirte” “Lo estoy pasando muy bien” “Bien. Entonces ¿nos quedamos un poco más?” “Si”

Pide otro refresco y ahora eres tu quien cuenta cosas. El tiempo vuela, se escapa, se desliza rápido, es como espuma de mar, como arena fina que se escurre entre los dedos.

Uno de los dos echa un vistazo a la puerta del local. La tarde ha caído y la primera línea purpura, de la noche se ha instalado en el cielo. Es hora de volver a casa.

Salís a la calle y dice que te acompaña a la parada de autobús. Sonríes. El transporte público es un desastre y por una vez el retraso en el servicio parece algo bueno. Pasarás unos instantes más con él.

Pero por una vez el autobús llega puntual. Levantas el brazo y el conductor disminuye la marcha. Dejas que otros pasajeros suban al vehículo.

La despedida es agradable. Siempre te haces un lio a la hora de lo que llamas el espantoso momento de besar mejillas. ¿Por qué no puede limitarse la gente a un apretón de manos? Por un instante estás a punto de equivocarte y besarle en la boca, suavemente pero corriges la trayectoria y esquivas los labios de miel, que saben dibujar sonrisas.

“Te llamaré” dice él. “Cuando quieras” respondes fingiendo tranquilidad.

Al fin y al cabo ha sido una cita divertida y agradable. No esperas nada más.

Encuentras un asiento libre y lo ocupas. Miras como la ciudad pasa ante tus ojos a través de la ventanilla. Pero no ves la ciudad, ni la noche, ni las luces. Lo único que ves es esa sonrisa que hace que se te pare el corazón. Y esos ojos oscuros, penetrantes, cálidos. Ojos de color café.

No puedes evitarlo. Sonríes. ¿A quién pretendes engañar? Quieres algo más que esa cita. Equivocarte y pasar de largo por la mejilla y besar, casi suspirar sobre esos labios.

Si no te llama te sentirás extraña durante días o tal vez meses.

Pero tu memoria guardará la sonrisa que detiene el mundo.

Y sabes que estás perdida. Cada vez que recuerdes esa cara amable, atractiva, de rasgos fuertes y esa sonrisa…tu corazón se detendrá y cuando recupere el latido se desbocará…

Soñando con más.

Suspirando por más.

Anhelando más.

Deseando más.

Más. Mucho más.

jueves, 3 de octubre de 2013

GRACIAS POR UN DÍA TAN LINDO.MUCHAS GRACIAS.


 
 
 Estoy muy cansada, pero os aseguro que días como el de hoy valen la pena. No los planeas y por eso probablemente salen así.

Son días en los que no importa lo mal que esté el mundo, lo locos que estén quienes nos gobiernan, o el desprecio con el que nos tratan…

Son días en los que la buena gente que te rodea te envía oleadas de afecto y cariño y llega hasta tu alma.

Son días en los que vuelves a tener claro que no importa lo impunes o poderosos que se sientan quienes gobiernan, han perdido moral, credibilidad o decencia, y dicen qué te han destrozado la vida y la hacienda “por tu bien”, (discurso por otra parte típico de los maltratadores).
No importa porque nunca tendrán lo que tú tienes, nunca.


Es cierto que estás cansada, que en ocasiones estás a punto de rendirte, de tirar la toalla…es cierto que sigues siendo pobre de solemnidad…pero hoy te sientes como si hubieses tocado el cielo con la punta de los dedos.

He estado en antena con Doña Inés, mi amiga y confidente, mi jefa. Hace tanto que nos conocimos. Han pasado tantas cosas. Y lo mejor es que cuando nos encontramos nuevamente, empezamos a hablar como si no hubiesen pasado los años. Y esa magia esa complicidad se nota porque trabajar con ella es sencillo.

En la sección de viajes he hablado de una ciudad que nunca he visitado, pero de la que me he enamorado preparando el guion. Gijón.

Elegí para hoy esa ciudad del Norte de La Península porque era mi forma de decir a la gente que vive allí a gente “os quiero, muchas gracias por el apoyo y las palabras amables, por las risas y los detalles, por la amabilidad”.

Su reacción, la reacción de Inés, esa química que hemos vivido a distancia, es algo indescriptible y maravilloso. Adictivo. Es sencillamente delicioso.

Más tarde he estado en antena por otras cuestiones relacionadas con el programa que realizo desde hace varios años.

La gente de la emisora es amable y siempre me ayuda, intentan que me sienta cómoda. Y es fácil. Lo hacen posible.

 En estos días he mejorado la presentación de este blog, gracias a la ayuda de un amigo, que tiene madera de profesor y lo más importante es muy paciente conmigo. Me ha guiado pasito a pasito, con mimo con cuidado…y me gusta cómo queda.

Finalmente ella de nuevo ella me ha revuelto como un calcetín. No importa los años que hace que la conozco. Siempre me sorprende.

Cuando nos conocimos yo estaba pasando por un proceso de amargura muy profundo. Estaba contra el mundo. No disfrutaba de las cosas simples de la vida. No podía, era incapaz. Me sentía como si no mereciese sonreír o sentir.

Pasaron muchas cosas, leí los mensajes…comprendí que aquel no era el camino adecuado.

Peor me sentía incapaz de pedir ayuda o encontrar una solución.

Casi fue demasiado tarde. Digo casi porque estuve a punto de morir. Me salvé de nuevo “por la campana, de milagro”. Por otra parte no es algo nuevo, es una constante en mi vida, desde mi nacimiento.

Pero en aquella ocasión la experiencia fue muy dura. Tardé más de un año en conseguir el alta médica.

A pesar de saber que estaba al borde de una gran crisis, no tenía idea de cómo encontrar una solución. Se me iba la vida, lo tenía claro, pero no sabía cómo detenerme para estudiar el mapa de mi existencia y encontrar una ruta más adecuada.

Afortunadamente me sacó de aquellas aguas turbulentas y me llevó a la orilla. Gané un terapeuta y con los años un amigo. Es un ser humano excepcional en todos los sentidos. Juan Manuel. Me salvó de mi locura. Ahora sé cómo combatir esos momentos difíciles. Siguen ahí, pero les puedo plantar cara.

Finalmente llegó ella. Sandra. Sonrisa contagiosa, ternura, alegría. Es como una brisa fuerte, llega te desordena el pelo y el alma y se retira. No se va. Se retira. Porque siempre está ahí. Con ella venían un grupo de maravillosas criaturas, que se han convertido en otra parte de mi familia urbana.

Y gracias a Sandra y sus amigas y amigos, a Juan Manuel y a muchas otras maravillosas personas, que dejé de pelearme con el mundo. Que empecé a aceptar las cosas como venían. Que incluso cambié mi aspecto externo.

La melena larga y oscuro dio paso a un corte de pelo divertido y un tinte de rojo intenso.

El vestuario negro dio paso a colores vivos…naranjas, rojos, rosas, azules, amarillos, violetas, lilas…todos menos el negro.

Aprendí que yo era víctima y no culpable. Que la vida era como decía John Lennon “aquello que te pasa mientras haces planes”. Que cuanto más te empeñas en pelearte contra las circunstancias más energía pierdes y más difícil resulta ver la solución.

No creáis que hablo de un curso de “autoayuda” o algo por el estilo. Os hablo de sentido común. De pararse en mitad del camino y plantearse que estás haciendo con tu vida. Os hablo simplemente de que necesité que me ayudasen para aprender a vivir.

El proceso no ha terminado. Solo acabará cuando mi corazón deje de latir. Así que espero tener todavía por delante un largo camino para descubrir cómo acabará el viaje.

Me gusta la gente. No importa de donde vengan y quienes sean. Todos aportamos a todos. Todos contamos.

Mientras escribo esto, una amiga maravillosa que también lucha con fuerza ante diversos problemas, me dice que se alegra por mí porque ha leído que estoy bien.

Le hago un resumen y responde…”vaya es cierto dices que ha sido un día feliz, no que seas feliz”…

Exacto. Ese es el matiz. No soy feliz. Nunca lo he sido. Digamos que mi vida ha sido un cumulo de “lamentables desdichas”. Pero si me lamento por cada desdicha pasada o por cada desliz presente, no lograré ver la dicha futura.

No soy una inconsciente. Se perfectamente que mi vida está patas arriba. Que nada será como antes. Que no tengo un futuro claro. Que no soy una jovencita. Que soy complicada.

Pero no importa. Tengo tiempo para aprender. ¿Cuánto? Ni idea. No me preocupa. Porque lo mejor será vivir el presente. El futuro ya llegará. Lo único que espero es estar despierta, alerta para verlo venir y recibirle.

Lo que no quiero bajo ningún concepto, es volver a experimentar algo tan doloroso como la sensación del primer día que me reí de nuevo. Pensaba que me moría, que el corazón me estallaría.

Me había olvidado de reír. De sonreír. Y puse remedio a todo aquello.

Soy la misma persona, con los mismos defectos, muchos, y escasas virtudes.

Lo único que ha cambiado es que soy rica. Porque mi gente me cuida y me arropa.

Así que no importa cuántos millones hayáis saqueado (unos y otros que por lo visto la ambición no distingue de ideología), no importa lo importantes que creáis que sois…

Los mismos a los que les estáis destrozando la vida, los mismos a los que humilláis e ignoráis…sí, nosotros los de abajo…tenemos algo que vosotros no tendréis…una legión de corazones, brazos, piernas, miradas, besos, abrazos…de amor…que nunca lograréis porque sois incapaces de entender que ser poderoso o rico es muy relativo.

Yo hoy me siento la reina del mundo porque mi gente me ha enviado miles de sonrisas y risas y afecto y ternura.

¿Alguien puede pedir más? Creo que no...bueno alguna cosilla más pero ya os lo contaré otro día...

 

Gracias por tanto afecto…se me desborda el corazón…y síiii…me encanta!!!!

martes, 1 de octubre de 2013

EL TÚNEL DE NIEBLA


 
Correrá como en un túnel de niebla
golpeándose con las paredes
 
Suena la alerta del móvil. Ha recibido un mensaje de whatsapp. Está en la cocina se seca las manos con cuidado. Echa un vistazo a la sartén y con la cuchara de madera mueve las patatas.

Él está sentado en el sillón con las piernas elevadas sobre una silla. Duerme tranquilo. Ha ido a primera hora al ambulatorio para una visita rutinaria con la doctora de cabecera. Hace una hora que ha vuelto, cansado y respirando con dificultad.

Ella se sienta y coge el móvil. Abre el mensaje. “Ya está hecho. Luego te envío el documento ampliado por email. Lo siento pero creo que cuando lo veas no te gustará. Hasta que veas el correo aquí tienes una muestra. Ya me dirás si quieres alguna modificación más o si es suficiente con esto. Cuídate. Un beso.”

Respira profundamente y expulsa el aire con suavidad. Por unos instantes mira el móvil, pero no lo ve. No ha querido bajar la imagen. No quiere ver el documento. No quiere hacer ruido. Él sigue dormido. Mejor. Siempre tiene ganas de hablar, no deja de hablar, de repetir las mismas historias una y otra vez y ella no puede más, hoy no puede más. Porque aunque no ha visto el documento modificado intuye, sabe perfectamente cómo será el texto. Y no puede, no quiere leerlo, no tiene fuerzas.

Deja el móvil sobre la mesa, se levanta y regresa la cocina. Mientras retira la sartén del fuego y continúa preparando la comida.

Cuando acaba de aliñar la ensalada, se quita el delantal y sale de la cocina. Comprueba que Él sigue dormido. Mejor. No podría responder a sus preguntas.

Entra en su habitación y se sienta en la cama. Coge las gafas del escritorio, se las pone y abre el móvil, whatsapp…su contacto…bajar imagen…y allí está…lee con atención el documento. Ya no cabe duda alguna. Una mezcla de pena y rabia la invaden.

Deja el móvil a un lado y aguza el oído. Nada. Sigue dormido. Abre el cajón inferior y busca un paquete de tabaco que tiene escondido.

Enciende un cigarro, aspira profundamente…y se pierde en sus recuerdos…

 

Es pequeña y la han vestido para “ir de visita” a ver a los “otros abuelos”. Sus padres están tensos. No sonríen. Esta vez papá no la coge de la mano y le permite dar sus pasitos cortos por la calle empedrada, ni detenerse en la entrada de cada casa, de cada patio para saludar a los vecinos.

Esta vez es un paseo diferente. La abuela le da un beso y le dice “pórtate bien y hazle caso a mamá”. El abuelo dice “no tengáis prisa”. Papá contesta “no abuelo, cuanto antes nos vayamos antes volvemos” “Pero hijo…” Ahora es mamá la que responde “Papá lo hacemos porque hay que hacerlo, pero como comprenderás…” y las palabras quedan en el aire, pero son tan pesadas que se estrellan en el suelo del patio y se las lleva el agua que cae de las macetas hacia el sumidero y de allí al río…lejos muy lejos.

No le gusta su vestido blanco ni sus sandalias nuevas y las trenzas le aprietan tanto que le duele la cabeza. El olor a colonia de limón la está mareando. Pero aguanta sin decir nada. Papá la lleva en brazos. Así van más rápido. Papá es un gigante y sus pasos grandes. Ella es tan chiquita, tan poquita cosa que se cansa pronto.

Llegan a una casa que no es como la de la abuela. Es un edificio. Les saluda mucha gente. Papá y mamá sonríen de forma forzada. A ella todo el mundo la besuquea y le dice que es muy rica, y muy bonita. Está cansada.

Suben tres pisos y se detienen frente a una puerta, que tiene clavada un dibujo con un señor muy guapo, vestido de azul y blanco. “¿Está malito?” “No hija, es El Sagrado Corazón”.

Al tercer timbrazo abre la puerta una señora vestida de negro y que les dice que pasen, con una voz que chirria tanto como la puerta. No le gusta la señora. Y esconde la cabeza en el cuello de papá.

Mamá va detrás. En un momento le pasa la mano por el pelo, suavemente. Está más tranquila. Ahora sabe que papá y mamá no la dejarán allí.

Llegan a una salita que huele raro. Ella arruga la nariz, su nariz chiquita. Nunca ha olido algo así. No le gusta.

En el centro de la salita hay una mesa redonda, a la que está sentado un señor muy alto y delgado, con el pelo muy blanco. En un sillón un poco más allá, en un rincón está sentada otra señora muy mayor, también vestida de negro, pequeña.

El señor mayor tiene los ojos azules y cuando se levanta le sonríe. Una bonita sonrisa. No como la de la señora que ha abierto la puerta.

Papá saluda al señor alto, estrechando su mano le llama “papá”. Mamá se ha sentado muy tiesa, rígida en una silla. Papá se da la vuelta y la deja en el regazo de mamá.

Los mayores hablan poco. Nadie se ríe. No es como en casa de las tías que siempre están sonriendo. La señora de la sonrisa rara les ofrece un refresco. Mamá responde rápido “No gracias. Mis padres nos esperan para cenar” “¿Y la niña?” Papá responde. “Tampoco. Ha merendado antes de venir y ya sabes que si come algo entre horas, luego se pone fatal”.

Mamá mira el reloj con disimulo. Hace calor y sigue oliendo raro. La señora del sillón, está sentada pero parece de mentira. No se mueve.

Mamá se mueve en la silla. Ella se ha quedado dormida. Papá se da cuenta. “Bueno pues tendremos que irnos. Se ha dormido”

“Si claro” dice el señor alto. No se despiden de la señora del sillón y la señora que ha abierto la puerta no les acompaña. Ahora lo hace el señor alto.

“Pues nada ¿nos veremos antes de iros?” “Ya te diré algo si puedo. Llamaré desde casa de Peña a Araceli y que ella te dé recado”.

Bajan la escalera y salen a la calle. Hay menos vecinos. Están en casa cenando. Hace calor. Ella abre los ojos un poquito. No está dormida. Lo finge. No le gustaba esa casa. No le gustaba nada. Le daba miedo porque allí no la querían.

Papá y mamá ahora están más relajados. Hablan tranquilos, bajito para que ella no se despierte.

“¿Vendrás antes de que nos vayamos?” Pregunta mamá. “Si pero yo solo. La niña y tú os quedáis en casa de tus padres o con tus hermanas” “Mejor, ¿verdad?” “Sí. Hoy no ha dicho nada desagradable. Pero no me da la gana de que pilles un sofocón. No me da la gana” “Sí, será mejor”.

Llegan a casa de los abuelos. El abuelo la coge en sus brazos. Huele bien. Fresquito. La abuela se queda atrás con mamá. “¿Qué tal ha ido?” “Mal mamá, muy mal, como siempre. Esto no tendrá arreglo nunca, nunca” “Es que de verdad hija que no entiendo a esta mujer” “Mamá no hay nada que entender. Nada. Ni ha mirado a la niña” “Bueno ahora cenáis y a descansar. Mañana Dios dirá” “Si mañana se verá”.

Se ha acabado el cigarro. Será mejor abrir el correo y ver el documento.

Cuando lo ha descargado lo lee. Es lo que se temía. Nada de lo que su padre ha contado siempre es cierto. Nada. Por un momento no sabe qué hacer.

“Nena, ¿dónde estás? ¿Qué haces?” Se ha despertado. “Ya voy papa. Estoy en la habitación. Enseguida comemos”.

Cierra el ordenador. Y sale de la habitación. Entra en el cuarto de baño. Se refresca.

“¿Has fumado?” “No papá” “Huele a tabaco” “Será el vecino” “Un día de estos…” ”Un día de estos nada. No le dirás nada. Cada cual hace en su casa lo que le conviene”.

Prepara la mesa, entra en la cocina, lleva la comida a la salita. Empieza a servir el primer plato. La ensalada en el centro.

Comen en silencio. “Estás muy callada” “Me duele la cabeza. Este calor que no acaba de irse” “Ya” “Oye papá, Manolo me ha enviado un correo” “¿Si?” “Que dice que el documento de tu padre no se puede recuperar. Está muy deteriorado y no se puede leer y como es un recuerdo de familia no quiere estropearlo más de lo que está”

“Vaya que lastima” “Si. Mañana pasaré por su casa a recogerlo” “Gracias hija. Que lastima de verdad. ¿Harás la fotocopia del mapa?” “Ya está hecha. La he puesto en tu mesita de noche con la lupa”. “Bien. Luego la miraré”

Se callan de nuevo. Se levanta a por el postre. Desde la cocina añade “No importa papá, al fin y al cabo ya sabemos lo que pasó en tu pueblo durante la guerra. Un documento más o menos no cambiará las cosas”. “Tienes razón pero me hubiese gustado saber más”

Regresa con un yogur para él y una infusión para ella. “Escribiré al ayuntamiento y preguntaré si tienen archivos o algo parecido”

“Gracias hija. Me hubiese gustado saber más. ¿Te he contado alguna vez que…”

Y repite la misma historia de siempre. Pero esta vez ella sabe el verdadero final. Que el padre de su padre y el hermano del padre de su padre no fueron trigo limpio. Que la historia de su familia es una gran mentira. Construida, elaborada, narrada a base de robar retazos de otras historias que si fueron reales.

No le dirá nada. Para que. Es demasiado mayor. Mejor mantenerle en la ignorancia. Protegerle. De todas formas, si le contase la verdad que ha descubierto hace una hora, su padre la negaría y discutirían.

Lo peor le queda a ella. Porque hasta los 14 años no supo algunas verdades que le parecieron soportables. Pero la certeza de hoy la lleva a desesperarse.

No sabe quién es en verdad. No sabe si es buena o mala. No sabe si mañana cuando salga a la calle, será transparente, como de cristal y los demás adivinarán su vergüenza.

No pedirá al ayuntamiento del pueblo de su padre documento alguno. No lo hará. Se inventará una historia que deje al anciano tranquilo.

Sabe que los años que a ella le quedan de vida serán como atravesar un túnel lleno de niebla por el que caminará a ciegas golpeándose contra las paredes.

Está acostumbrada. Nadie esperó su llegada. Nadie la quiso. Nadie la echará de menos.

Así que está acostumbrada a caminar entre la niebla, ella solita, vestida de blanco, con sandalias nuevas y peinada con trenzas que de tan apretadas le dan dolor de cabeza.

Algunas familias deberían extinguirse rápido y no producir más dolor del que ya siembran en la tierra. La suya la primera.

Afortunadamente con ella acaba el dolor.
No hay descendencia ni continuidad.
Nadie más sufrirá por su causa.